El 6 de octubre, en la jornada de vacunación en la ciudad de Xalapa, detectaron a mil maestros que ingresaron en un puesto de vacunación para recibir la segunda dosis de la vacuna Pfizer. Alrededor de 250 lo lograron, los 750 restantes fueron identificados y se les negó la aplicación. El delegado en Veracruz de los programas sociales de la Secretaría de Bienestar, Manuel Huerta Ladrón de Guevara, reprobó la acción de los maestros.

El superdelegado afirmó que los maestros “los sorprendieron” con la primera vacuna, a pesar de que ya habían recibido la unidosis de Cansino, pero cuando intentaron obtener la segunda dosis los encontraron “con las manos en la masa” y les fue negado el biológico a 750. Advirtió que los docentes serían reportados con el secretario de Educación estatal y también con la secretaria federal Delfina Gómez.

Decir que encontraron a los maestros “con las manos en la masa” es prácticamente calificarlos de ladrones. Puede cuestionarse la ética del comportamiento teniendo en cuenta que falta mucha población por ser vacunada, pero el único “delito” cometido por los maestros fue intentar cuidarse con la aplicación de la vacuna reputada como la de mayor eficiencia.

La advertencia de que serían reportados fue también un exceso. Dentro de su centro laboral no cometieron falta alguna. Si acaso, el único llamado válido sería al de conciencia social teniendo en cuenta que todavía falta mucha población por ser vacunada y aun este argumento tiene sus asegunes.

El propio vocero de la empresa CansinoBio ha admitido que su producto, que originalmente tiene una eficacia del 65 al 68 por ciento, a los seis meses puede requerir un refuerzo porque transcurrido ese tiempo su efectividad puede disminuir hasta en 50 por ciento o más. Esto es, que la eficacia, pasado ese lapso puede ser de 32 a 34 por ciento o menos. Acerca de la utilidad frente a la variante Delta del Covid-19, la empresa no ha dado una respuesta “concluyente”, la palabrita casi siempre quiere decir que no saben o, de plano, no es útil pero no lo quieren admitir. Esa es la vacuna que recibieron los maestros.

Según la información dada a conocer por la OMS sólo las vacunas Pfizer y AstraZeneca ofrecerían protección contra la variante Delta, del resto de las vacunas sólo se apunta –nuevamente- que no existen resultados concluyentes o que las investigaciones están en proceso. En realidad, casi ninguna afirmación sobre eficacia o niveles de inmunidad procurados por las vacunas es categórica porque las investigaciones están en marcha al mismo tiempo que se intenta atenuar los efectos negativos en diversos planos que trajo esta pandemia mundial, sin embargo, en las vacunas, como en casi todo, hay clases, la Pfizer es como la Ferragamo de las vacunas y Cansino, pues, es china. Ya ni Coppel.

Se aprueban medidas de emergencia, pero la verdad es que organismos internacionales, gobiernos y autoridades sanitarias van tocando de oído y de acuerdo a la disponibilidad de recursos. Aparecen algunas respuestas pero se multiplican las preguntas.

Se ignoran los criterios que respaldaron la aplicación de la vacuna Cansino para los docentes del país, si fue sólo la disponibilidad, la facilidad logística o algún otro, cuando la mejor decisión hubiera sido aplicar la de mayor eficacia para garantizar a los estudiantes un entorno de adultos mejor protegidos, lo cual incluiría al personal administrativo y de apoyo.

No se puede negar el esfuerzo gubernamental por ampliar la cobertura de vacunación, pero es una paradoja que se señale con dedo acusador a los maestros que intentan estar mejor protegidos mientras hay docentes y una porción de la población –no se sabe de qué magnitud- que se niega a vacunarse, incluidos docentes. En nuestro país esto responde esencialmente a la falta de información, la desconfianza y los rumores que se desatan ante una situación inédita, porque la gente adopta como verdad única que la conocida de la amiga de una prima lejana falleció por ponerse la vacuna y la conclusión es que la vacuna causa la muerte.

A pesar de estos rechazos, son evidentes los contrastes entre el primer mundo y los llamados eufemísticamente “países emergentes”. Mientras aquí hay largas filas para recibir los biológicos y en algunos puestos de vacunación ha habido motines porque las vacunas se agotan, en nuestro vecino del norte la renuencia a vacunarse es por razones ideológicas y partidarias, no de salud. Allá, con puestos de vacunación enormes en la mayoría de las ciudades o la disponibilidad en muchas farmacias hay poca demanda (aunque la cobertura ha sido impresionante) porque la población faltante no se quiere vacunar. Además pueden elegir la vacuna. ¡La pueden elegir! Nacionales y extranjeros pueden registrarse y ver el menú. Elegir los Ferragamo o los Flexi. La Shumuck (perfume de más de un millón de dólares) de las vacunas o la Siete Machos. Pueden elegir, y los que siguen encantados por la flauta de Trump la desprecian.

Sí, estoy indignada. Porque no se trata así a los maestros. Esos que han tenido que aprender sobre la marcha cómo trabajar a distancia. Los mismos que en las zonas suburbanas han ido recibiendo a niño por niño, sea en la escuela o en sus casas porque si ellos no manejan bien la tecnología, los niños ni siquiera tienen tecnología a la cual no comprender. ¿Que bajó el aprovechamiento escolar dice Coneval? Sin duda, pero no fue culpa de los maestros sino de un sistema educativo al que desde antes de la pandemia le faltaban mejores criterios educativos y le sobraba simulación. Y la culpa no era de los maestros.

Esos maestros que querían Pfizer no tienen los recursos para viajar a Estados Unidos y ponerse la vacuna que mejor les parezca. Allá nadie diría que los sorprendieron “con las manos en la masa”. En migración les preguntarían a qué van y si contestan que a vacunarse, les dicen “adelante”. Para recibir ese trato hace falta dinero.

Y aquí, son denostados por desear mejor protección contra el virus. Como diría nuestro legendario filósofo nacional, ¿pero qué necesidad?, ¿para qué tanto problema?

@pramirezmorales

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