El pasado 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en dependencias públicas y algunas privadas, estuvo pletórico de ceremonias, discursos, pláticas, mantas y carteles, entre otras cosas, alusivas a la conmemoración de la fecha.

Cuando un problema latente pero muy presente como el de la violencia contra las mujeres se convierte en una fecha obligada de acciones conmemorativas por parte de los funcionarios porque es lo políticamente correcto, surge siempre una cierta sospecha. Se convierte en una especie de ritual pétreo que es necesario combatir. No podemos permitir que el “día naranja” sea de discursos vacíos y acciones ausentes.

Una verdadera conmemoración debería estar acompañada de iniciativas y hechos concretos encaminados a reducir la brecha de género. Los pendientes son muchos, por ejemplo el largo y complejo proceso legal para que una mujer reclame la pensión alimenticia; un cambio legislativo que otorgue a las madres recursos ágiles, transparentes y equitativos cuando se enfrentan a un juicio de custodia para evitar que los hombres “ganen el brinco” con una solicitud de guarda y custodia que le da preferencia en la tenencia de los hijos y que generalmente se los posibilita la superioridad económica, un protocolo aplicable que permita solicitar un aumento salarial con base criterios de igualdad, sólo por mencionar algunos de los muchos faltantes.

Así como se ha logrado la paridad en las candidaturas a cargos de elección popular, es preciso que esa igualdad llegue al poder ejecutivo, lo cual supondría definir políticas públicas o modificaciones legislativas para nombrar mujeres en los puestos directivos, a fin de que haya por igual hombres y mujeres en los cargos de decisión. Y no cumplir la plana con puestos de relleno o con los de menor relevancia. Que cumplan con el perfil se da por sentado, seguramente hay muchas mujeres bien capacitadas. El cambio será visible ya que por mucho tiempo hemos soportado funcionarios milusos que obtienen el cargo gracias al amiguismo y la hermandad patriarcal, más que a sus credenciales para ocupar un cargo.

La presencia de mujeres legisladoras ha demostrado que se incrementan las iniciativas de ley a favor del ejercicio de los derechos humanos de las mujeres. No sólo pasaría lo mismo si existe la paridad en los puestos del poder ejecutivo, que son los más numerosos, quizá tendríamos también la sorpresa, si los ocupan mujeres con perspectiva de género, de que la administración pública adquiera mejor nivel.

Los discursos, la conceptualización rudimentaria, la teorización tosca, la elaboración verbal frívola, básica y repetitiva de la mujer como figura que requiere protección se va convirtiendo en noviembre en una necesidad pero también en una necedad que forma parte de la ritualización que paraliza las acciones y niega la realidad que se tiene enfrente: la violencia ingente de todo tipo de violencia contra las mujeres. La misma de antaño, ahora visibilizada gracias a la comunicación digital.

La insidiosa negativa a otorgarle un puesto a mujeres tan capacitadas o más que muchos hombres por el miedo timorato de que destape cloacas, el castigo salarial que se impone a miles y miles de mujeres nada más para que vean “quién manda” y la enorme ceguera para comprender que quien manda es la arraigada educación patriarcal que forma ya parte del código genético de una gran parte de la población y que determina los comportamientos más ruines en los hogares, en la calle y en las oficinas.

Ahora debemos alertar contra la peligrosa ritualización del Día Naranja que impide elaborar leyes, normas y reglamentos de fácil y transparente aplicación, despojados de la dosis de humillación hacia las víctimas para castigar a los acosadores, a los asesinos, a los que abusan de sus puestos, a desterrar la miopía que impide revisar con lupa de género las nóminas para no “descubrir” que, por años, “los jefes” favorecieron en conceptos de pago las virtudes y atributos dictados por el machismo más recalcitrante y ancestral que hoy se viste discursivamente de igualdad de género.

Por esa única y legítima razón, el rompimiento de la marchas contra esa alegría ilusoria es muy relevante, aun con la acometida de violencia a cargo de unas sospechosas “radicales”, porque sirve para quebrar el rito, para recordarnos que muchas cosas todavía están mal o peor y que no se solucionan con el moño naranja en la solapa de los funcionarios que termina en el cesto de la basura, que a falta de acciones ofrecen discursos tan repetitivos y manidos que se olvidan rápidamente, cuya falsedad aumenta con el rango de quien lo pronuncia porque se incrementa la posibilidad de que sean “disertaciones” hechas por encargo.

Todavía no es tiempo de hacer recuento de lo ganado sino de enfrentar la realidad de lo que falta por hacer, reconocerlas y nombrarlas. El simbolismo naranja puede ayudar sólo si va acompañado de acciones concretas para ir acortando la brecha de género y evitar que se convierta en una gota derramada en el océano cada año.

Tan ciertas y vigentes las palabras de Almudena Grandes: “Si perdemos palabras que nombren las cosas estaremos perdiendo también esas cosas; la gente no llega a comprender hasta qué punto el lenguaje pobre empobrece el pensamiento”.

@pramirezmorales

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