Los discursos, las grandes concentraciones con acarreados, los desayunos de candidatos con un equipo encargado de llevar representantes de distintos ámbitos con cierta trayectoria o reconocimiento para darle brillo al aspirante, la entrega indiscriminada de “presentes” de los candidatos  y las calles —peleadas como arena política— atiborradas de propaganda que después se convertía en basura, donde también se jugaba sucio por las noches al “quítate tú pa’ponerme yo” quedaron atrás como prácticas de campaña electoral.

Rigen nuevas reglas que tampoco se cumplen por completo, por ejemplo, se entregan tarjetas vacías para no hacer enojar a los consejeros electorales que son quienes interpretan la ley electoral. Quizá si el candidato gana se dispersarán recursos a dichas tarjetas, pero no se infringió la ley, porque la intención del cohecho no está tipificada como delito electoral.

Ahora las redes sociales se han sumado como espacio no regulado de las campañas. Los bots trabajan duro sin cansarse para distribuir mensajes, se compran banners, los candidatos mejor asesorados tuitean mensajes provocativos o actos de campaña que se vuelven tendencia y siguen la premisa “que hablen mal de mí, pero que hablen”, pues se considera que la peor propaganda es la que no existe, los internautas redistribuyen memes, tuits, vierten opiniones que abren conversaciones para incitar a la participación, se generan hilos en Twitter que evaden la limitante de los 280 caracteres y es como una historia en entregas para no fatigar al lector que es bien sabido se alejará si ve muchas letras o se comparten memes cuya redistribución está garantizada cuanto más gracioso sea, así contengan falsedades contra algún partido o persona. Estas redes forman ya parte de las campañas y pueden adquirir un peso que compite con las campañas formales como se ha visto en las elecciones de este año.

Como bien afirma Residente, el compositor y cantante boricua de Calle 13, “el pueblo hace memes de los políticos, pero son los políticos los que se siguen riendo del pueblo”, es decir, hay una franja sumamente importante de usuarios que comparten memes o información, generalmente no verificada, que se suma a la contienda electoral. Es el verdadero mundo que ejemplifica contundentemente la teoría del panóptico de la que habla Michael Foucault: el fenómeno que muestra cómo el poder político y económico —parte del cual está vertido ahora en la tecnología de las redes sociales— nos controla sin que seamos capaces de advertirlo. El diseño del espacio virtual ha operado como nunca antes pudieron hacerlo los mecanismos toscos de vigilancia y control para lograr disciplinar a la sociedad y mantenerla sumergida en el sopor de la “participación política”, cuando no hacen más que dar un teclazo, alimentando e imponiendo comportamientos diseñados de antemano.

Y si no se verifica la información de un tuit o la afirmación de un meme, en no pocas ocasiones declaradamente falsa, mucho menos se acude a la información oficial, que esa sí daría para hacer montañas de memes, generar conversaciones o abrir hilos interesantes.

Cuestión de revisar el costo de nuestra democracia, que muchos dirán que es sin adjetivos, en proceso, medio chueca, tercermundista, apachurrada, incompleta, maleable o ñera, pero democracia al fin. Sólo en el aspecto de la democracia participativa, cuya máxima expresión son los procesos electorales, podemos quedarnos sin habla y casi sin poder leer las cifras de las cantidades que el INE proporciona a los partidos políticos para “contribuir” a construir la democracia. Sólo para la fiscalización del proceso electoral 2020-2021 —más baratito que cuando hay campaña presidencial— el INE gastó (¿invirtio?)  532  millones 374 mil 924 pesos con 69 centavitos (532,374 924.69), que incluye un universo fiscalizable de 2235 candidaturas, coaliciones y candidaturas independientes (sólo en el nivel federal). Es decir, es lo que cuesta vigilar que los partidos y candidatos se cuadren con la ley.

¿Le parece mucho? Pues entonces busque en la poco amigable página del INE (amigable quiere decir fácil para legos o no iniciados) las cantidades otorgadas a los siete partidos con registro y los tres con registro nuevo, sólo en el proceso federal 2020-2021. Lo que reciben los siete partidos con registro por votación nacional emitida: 50 millones 415 mil 455 pesos. Para actividades ordinarias permanentes tres mil 455 millones 126 mil 499 pesos (3,455,126,459). La carnita del dinero está en las actividades ordinarias cinco mil 250 millones 952 mil 127 pesos (5,250,952,127). La otra cifra grande es la que corresponde a gastos de campaña mil 575 millones 285 mil 638 pesos. 470 millones 445 mil 960 pesos son para chuchulucos, es decir, para los gastitos varios que se llaman oficialmente actividades específicas, financiamiento para actividades específicas (sic, no es pleonasmo mío), franquicia postal y franquicia telegráfica (sólo para esta última se destinaron 639 mil 500 pesos, nada, equivalente sólo a una camionetita de semilujo).

Ojo: recuérdese que esto sólo es lo que reporta el INE sobre el gasto federal, no está considerado aquí el gasto a partidos políticos locales ni candidatos independientes federales y locales. Todo lo anterior da la friolera casi impronunciable de 10,812,255,679, cuya suma total, por cierto, no hace el INE, por lo menos en la página del desglose. 10 mil 812 millones 255 mil 679 pesos. Claro, eso sólo por lo que se refiere a la campaña. Sin contar el presupuesto asignado al INE.

Los partidos con nuevo registro sólo obtienen financiamiento público en siete rubros, pues no participan con base en votación emitida. Aun así Encuentro Solidario, Redes Sociales Progresistas y Fuerza por México recibieron cada uno 71 millones 942 mil 862 pesos. Un total de 215 millones 828 mil 586 pesos por los tres partidos nuevos cuya función principal es fragmentar el voto, perdón, quise decir ponerse al servicio del pueblo. Hasta las tres candidaturas independientes, que no entran en esta danza de números referida se llevaron una pizcachita, porque cumplieron los requisitos que marca la ley. Ninguno de los partidos nuevos o los tres candidatos independientes del proceso federal emergen de movimientos que la gente reconozca nacionalmente como  “Yo soy 132”, la escisión del PRI que condujo a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas por el Frente Democrático Nacional, la del PRD del que surgió Morena o el partido español Podemos que fue el resultado del movimiento de los Indignados. Eso sí, los nuevos partidos y los tres independientes hicieron la tarea y el INE les puso su estrellita en la frente un chequesote en la mano. El INE, por acuerdo del Consejo General, destinó 31 millones 505 mil 713 pesos a los candidatos independientes, los cuales pueden recibir hasta un millón 648 mil 189 pesos y tienen derecho a recibir financiamiento privado por 143 mil 211 pesos, cosa que todos sabemos respetan al pie de la letra. Hay tres candidaturas independientes federales y 38 locales. Puedo decir que los a los tres independientes de Veracruz los conocen en su casa y quizá sus amigos de Facebook y Twitter, el ciudadano de a pie no sabe quiénes son ni aunque los tenga enfrente.

¿Querid@ lectora, lector, será el auténtico anhelo de democracia lo que mueve a los viejos o nuevos partidos y a los candidatos, el ansía de servir, de trabajar desinteresadamente por México y su gente?, ¿alguna vez, cuando están ya en el poder, los ha visto por su colonia, han llamado a su casa para saber cuáles son las necesidades del municipio, se los ha encontrado en el metro San Lázaro yendo al Congreso a las siete de la mañana, cuando hay verdadero roce social en esos vagones?, ¿es demasiada suspicacia considerar la posibilidad de que es redituable fundar un partido y vivir del erario público?, ¿será eso lo que extrañan los que hoy son opositores y en las cifras se explica la ferocidad, rayana en el odio, con que atacan a quien los quitó de donde hay, disculpas, del poder para servir a la Nación?

@pramirezmorales

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