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AMLO acaba de rendir su segundo informe de Gobierno. Las reacciones en torno a este prontuario de la situación del país muestran que el problema más grande que tenemos es la ambición de poder, que supera en dimensiones incalculables la utópica preocupación de los opositores del gobierno por cualquiera de los problemas que enfrenta México.

Que el informe fue autocomplaciente y sin crítica, según expertos, publicó como nota principal un diario de circulación nacional, muy probablemente. ¿Qué sistema se dispara en el pie? Por decir lo común. Mucho menos en el corazón. ¿No es suficiente con lo que dicen a diario los detractores? Como cualquier gobierno, se resaltarán los resultados positivos, más allá de que estemos de acuerdo o no con ello. Lo que no podemos dejar de reconocer es que entre más encono se percibe en las críticas quizá mayor certeza puede obtener la oposición de que los temas utilizados para alimentar el fuego de la campaña de desprestigio contra la administración lopezobradorista son insuficientes para lograr que la población vea un “gran caos” o “una situación insostenible”.

Ya la pandemia está haciendo lo suyo para que la población sienta su vida trastocada, pero es una pandemia mundial, por más que quieran culpar a AMLO o a López Gatell, el hecho es que todo mundo sabe que en otras partes del mundo están sufriendo igual o peor. Para no ir muy lejos, el país más poderoso del mundo, Estados Unidos, tiene hasta la fecha más de seis millones 36 mil contagios confirmados y cerca de 184 mil muertos, con un presidente que verdaderamente ha ignorado los alcances de la pandemia y ha privilegiado su ignorancia. Quizá compararnos con otros que están peor no resulte en consuelo alguno, pero que la ciudadanía compara, de eso no hay duda.

Eso no fue impedimento para intentar usar la pandemia como ariete para hacer huecos en el manejo de la crisis sanitaria y así descalificar toda acción del gobierno, pero resultó primero que, a diferencia de otros países, las muertes no eran de ancianos sino de diabéticos, obesos e hipertensos, muchos de ellos en edad productiva. Aunado a eso, la gente se comenzó a acusar entre sí, porque a menos que se tomen medidas dictatoriales es difícil convencer a la gente de usar cubrebocas, en un país donde no se puede convencer de ello al propio Presidente. Se intentó usar el argumento del mal ejemplo, pero eso es tanto como tratar a los ciudadanos como retrasados mentales. ¿Acaso la gente sólo se guía por lo que dice y hace López Obrador? Los que se cuidan, los que toman medidas de protección saben que están expuestos por los que no lo hacen. Hoy mismo en un tianguis, un vendedor de verduras se tomaba un descanso para desayunar, no tenía cubrebocas y al parecer la razón no era porque estaba comiendo, simplemente no lo usa. Se llevaba a la boca un tlacoyo con unas manos llenas de tanta mugre que era evidente que no habían visitado el agua en varias horas. Eso es lo que ve la población, no la mañanera.

Ni los videoescándalos han dado el resultado esperado. Le hacen raspones al gobierno sin duda, pero no lo fracturan. Y, ninguna de esas “estruendosas evidencias” han afectado en forma directa al Presidente. Tiene razón Jorge Zepeda Patterson al afirmar que “mientras la oposición no tenga un proyecto viable y convincente sobre la desigualdad, la corrupción y la inseguridad, lo único que puede ofrecer es un pasado del que venimos huyendo”.

Esa oposición que nunca ha pisado un poblado alejado 10 o 15 kilómetros de una ciudad, esas zonas semirurales de difícil acceso, donde la llegada de los anticipos para ancianos fueron un oasis, o donde las becas Benito Juárez no sólo mantienen a los adolescentes en las escuelas sino que alivian ciertas necesidades alimenticias de la familia, no puede construir un discurso para una realidad que desconoce. Esas ayudas son lo tangible para la gente, que por cierto no desperdicia su saldo en el teléfono para ver los periódicos y ni se enteran de las diatribas de la oposición contra el gobierno. Ni siquiera saben qué significa comunismo. Y si el “comunismo” que sólo ve la derecha, les lleva comida a sus mesas, no tienen mayor interés en un debate ideológico que ni siquiera imaginan que existe. Hoy le pregunté al fontanero que me vino a hacer unos arreglos si sabía quién es Pío López Obrador y me contesto con toda naturalidad que no ¿por qué doña? me dijo con candor. Y él no vive en una zona rural, sino en una ciudad veracruzana con el distintivo de ser Pueblo Mágico.

Nuestro problema es que tenemos abundancia de políticos que echan mucho de menos el poder y los privilegios que perdieron, empresarios que no quieren vivir sin los acuerdos beneficiosos que tenían con el gobierno, muchos periodistas con ambiciones para ocupar un cargo o que regresen sus prebendas, muchos políticos con alma de tuitero, montones de tuiteros que se las dan de científicos o de todólogos y muchos verdaderos científicos sin trabajo.

La catástrofe que esperaban desatar con el informe de gobierno no llegó. Lamentablemente nos hizo ver, una vez más, cuál es nuestro mayor problema: los políticos nostálgicos de poder.

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