Inicio ColumnasPor la verdad y la confianza El bien y el mal en el uso del poder (Parte 2)

El bien y el mal en el uso del poder (Parte 2)

by Zaida Alicia Lladó Castillo

En el caso de Sigmund Freud (1856-1939)–médico y neurólogo austriaco–, que nunca se consideró un filósofo de la moral, pues no le interesaba analizar los significados del bien y del mal, afirmaba que el ser humano era violento por naturaleza por un instinto defensivo, porque desde que estaba en el vientre materno permanecía en un inter-juego pulsional entre: Eros (vida) y Tanatos (muerte), es decir, desde ahí se encontraba en un proceso de autodefensa fisiológica. Pero al nacer, el Yo primario que antes se sostenía en el seno materno, ahora buscaría suplirlo con otro que fuera significativo que le sirviera de soporte y le ofreciera placer. Y en ese proceso de placer y displacer, todo lo que atentara contra la satisfacción pulsional de origen sería malo para él y todo lo que abonara a la misma, sería bueno. Y de esta manera el ser humano iba saliendo de ese proceso de desvalidez a través de la vida, luchando contra todos los aspectos negativos (internos) de la naturaleza humana: celos, el odio, temor, el egoísmo y los externos: rechazo, agresión, atención, insatisfacción. Rechazando lo incómodo y buscando con anhelo lo que le ofreciera placer.

 

Freud, describió claramente al hombre ególatra que buscaba superar ese proceso de desvalidez buscando afianzar su ego, llevándolo a sobreestimar sus habilidades frente a una necesidad excesiva de admiración y reconocimiento;  y a ese comportamiento le denominó egolatría o narcisismo, mal común de los personajes públicos que satisfacen su necesidad de reconocimiento  a través de la adulación y buscan asiduamente el culto a su personalidad de parte de los seguidores. De ahí la necesidad de posesión y atención. Por otra parte, cuando el individuo veía amenazada la posesión o perdía el orden de las cosas por la intransigencia, la intolerancia o la ilegalidad, entonces podía optar por imponerse a través de la presión o incluso de la violencia, para recuperar el estado de confort. Por eso muchos malos políticos se han prestado a lo peor para afianzar su ego y lograr el reconocimiento a su modo, estribando en esto la reacción maligna de muchos personajes en el poder.

 

Para la corriente psicológica del conductismo, con sus principales exponentes Watson, Pavlov, Skinner, Bandura, etc., se enfocarían más hacia la adquisición de conductas por aprendizaje, social principalmente[1]. Por lo tanto se deduce que las conductas “buenas” serían las adaptativas y las “malas” las no adaptativas, moldeadas en contacto con los eventos medioambientales y por los modelos sociales y normas que el propio ser humano recibe en su desarrollo, principalmente de la familia, su formación educativa y de las normas y límites sociales y legales  impuestos a lo largo de su vida.  Los comportamientos negativos de los hombres en el poder, se dan también por adquisición o aprendizaje, de acuerdo a modelos o circunstancias.  Y su búsqueda constante de lograr la posesión de poder, dinero o prestigio, los llevaría obsesivamente  a buscar la satisfacción –poder, dinero, estatus, como “premio” a su esfuerzo.

 

Cuando se carece de principios éticos en la formación de un individuo los  “juicios de valor” son calculados de manera tendenciosa o egoísta y ello llevara a ajustarse o no, a las normas legales o cívicas y hábitos de la propia sociedad. Es decir, de acuerdo a esta postura, las personas aprenden a realizar actos bondadosos o por el contrario malvados, perversos o negativos, etc., en base a modelos y hábitos que en su vida política se les han fomentado  por eso es enfermiza la búsqueda obsesiva, en muchos casos,  de la satisfacción del logro, que va asociado con reforzadores generalizados como el dinero y el poder, por su significado intrínseco.[2]

 

Pero ¿qué nos dice la corriente psicológica del humanismo sobre el tema?. Este enfoque permite aclarar muchas cosas respecto al bien y el mal. Los humanistas, cuyos exponentes originales son Abraham Maslow y Carl Rogers[3], destacan los elementos esenciales en la calidad humana: la salud mental y los atributos positivos de la vida. Creen en la felicidad del hombre, pero a través de una formación basada en principios que lo lleven a la satisfacción, unidos a la generosidad, la humildad, el afecto, el respeto a sí mismo y a los demás. Cuando el hombre carece de ello y en él prevalecen los valores negativos, orientaría su vida hacia la autodestrucción y la de los demás. Es decir, el “poderoso” carece de valores consistentes desde niño y si ello es un hábito, pues de adulto no cesará de alcanzar lo que se propone, el “fin justificará los medios”. Si el fin es el poder, el dinero o la fama, esa carencia de valores, haría lo que esté a su alcance o destruiría a quien se le presente enfrente para alcanzar sus objetivos. Por el contrario si en su formación prevalecieron los valores positivos, tales como el respeto y la autorresponsabilidad, le servirían como herramientas para actuar en comunión con los demás. Y justamente es este enfoque, el que hoy nos explica muchos comportamientos –positivos o negativos–de los políticos, distinguiendo que la humanidad trasciende si actúa con valores éticos y en la responsabilidad y el compromiso.

 

Por último el Alemán Max Weber[4], (1864-1920) analizaba, además del concepto del bien y el mal, el concepto de lo ético y no ético del actuar político, en particular. Quien vive “de” la política, trata de hacer de ella, una fuente duradera de ingresos; quien vive “para” la política, hace de ella su vida en un sentido intimo o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la consciencia de haber dado sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”.[5] La primera posición es la parte buena y la segunda lo malo de la actuación política. Reconocía que todo éxito político llevaba en sí mismo el sentimiento de “inanidad” (vanidad o fatuidad) y esto estaba centrado en el reconocimiento que esperaba el político (lo que Freud reconocía como egolatría persistente), como premio a su esfuerzo. Hablaba también de que, toda acción éticamente orientada podría ajustarse conforme a dos visiones: la “ética de la convicción y la ética “de la responsabilidad”, pero creía más en la segunda que en la primera, porque la primera sólo correspondía a un asunto de fe y la segunda a un asunto de compromiso respecto a las consecuencias previsibles de la propia acción política. Luego entonces, los actos de trascendencia de los políticos, estarían asociados a las causas de razón, de la fe y de la voluntad del político para hacer las cosas correctamente, de acuerdo a un orden, en función de la norma y buscando un resultado favorable para los demás.

 

Luego entonces Weber justificaba la buena política,  como una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para las que se requería al mismo tiempo: valor, responsabilidad, pasión y mesura,  sin descartar enfrentar al mal por todos los medios posibles.

En resumen, retomando lo anterior, se puede extraer lo siguiente:

 

Que el ser humano aprende a ser “adaptado” o “inadaptado”, consciente o inconsciente, congruente o incongruente, de acuerdo a su historia de desarrollo y a los modelos que recibe y eso en algunas sociedades lo pueden situar en conductas buenas o malas de acuerdo a la cultura y al medio; Lo anterior tiene que ver con la causa por la que en el medio político se adquieren las conductas negativas , es decir, tiene mucho que ver con quién se aprende en política, porque de esos modelos surgirán las conductas futuras de los seguidores. Por otra parte, la propia naturaleza humana provoca la búsqueda de atender necesidades o deseos: básicos, de seguridad, sociales, de reconocimiento y de realización en la búsqueda de la satisfacción o el placer y esas tendencias-en algunas personas– pueden llegar a ser obsesivas y destructivas porque sus estados de ansiedad y ambición son incontrolables por lo que destruirá todo aquello que se interponga en sus  objetivos.

 

Igualmente los comportamientos correctos en los espacios de poder, son factibles cuando la persona posee valores y aprendizajes consistentes y éticos, cuando equilibra la razón con la emoción, cuando alcanza un grado de madurez emocional, que aunado a la práctica de los valores morales en la política, logra la satisfacción intrínseca no egoísta, sin necesidad de avasallar a otros. Luego entonces el político que actúa dentro de los cánones benevolentes, como Weber afirmaba, sustenta su actuación en la ética de la convicción y de la responsabilidad, utilizando la fe, voluntad, pasión y mesura para garantizar el resultado que espera la sociedad—lo que permitirá el éxito y el reconocimiento como consecuencia.

 

Por eso qué importante es conocer la calidad humana de los políticos, en especial cuando se trata de elegir entre varios para cargos de trascendencia. Ojalá que el tocar un tema como el presente, en esta época de campañas pueda ayudarnos a analizar lo que mejor convenga para evaluar a cuanto candidato se trate. Tomar consciencia de los riesgos que se contraen cuando el votante no razona cuando elige. Porque en una mala decisión podemos dejar en manos de políticos enfermos de egolatría, de arrogancia, de ignorancia e incapacidad el futuro propio y de nuestras familias. Y sería una torpeza  hacerlo porque nos arrepentiríamos muy pronto de haberlo permitido.

 

Por lo tanto, revisar con lupa cada candidato para saber quién es quién realmente y qué gobierno pretende operar, es una obligación de todos hacerlo.

 

Checar de cada uno su historia de vida— ¿es congruente o incongruente?–;   los resultados obtenidos en el ejercicio público— ¿son positivos o negativos?–;  su trayectoria profesional – ¿qué tan exitosa o dudosa es?–; y su imagen pública— ¿ha sido constructiva o destructiva?–, etc. etc.  Y si en todos esos rasgos sale “aprobado” un candidato, se eleva la probabilidad de que elijamos al mejor y nuestro voto nos lleve como sociedad a la dirección correcta.

 

Gracias y hasta la próxima.

[1] Boeree, G., Albert Bandura, (1998) http://webspace.ship.edu/cgboer/banduraesp.html

[2]Carpintero Enrique,  El mal y el bien, son inminentes a nuestra condición humana, Topia, (2012) https://www.topia.com.ar/articulos/mal-y-bien-son-inmanentes-nuestra-condici%C3%B3n-humana

[3] Márquez Orta Emilio, La Psicología humanista, http://psicologia,laguia2000.com/general/la-psicologia-humanista·xzz3zz3vjmE6ine

[4] Filósofo, economista, jurista, politólogo Alemán, fundador del estudio moderno de la sociología, la filosofía política y la administración pública.

[5] Weber, M., El político y el científico, http://www.hacer.org/pdf/WEBER.pdf

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