Inicio ColumnasPor la verdad y la confianza El bien y el mal en el uso del poder (Parte 1)

El bien y el mal en el uso del poder (Parte 1)

by Zaida Alicia Lladó Castillo

“A menudo el temor de un mal nos lleva a caer en otro peor”.

(Nicolas Boileau)

Como me duele decir esto, pero, ahora que he visto situaciones sin precedente como el que en mi querido Veracruz, a diferencia de otros estados, los indicadores estén a la baja; que trabajadores del estado se sientan lastimados y aun esperen justicia porque fueron despedidos y sus demandas o situaciones han quedado en el aire –y hoy no les alcance ni para comer–; que algunos municipios ignoren o evadan responder por  los actos de corrupción o abusos y no sean llamados por la justicia;  que la impunidad prevalezca , porque si bien es cierto algunos están en la cárcel, faltan otros y otras que también tienen cuentas pendientes con la justicia.  Me entristece cuando veo descuidos en las ciudades y falta de oportunidades de trabajo en especial para los jóvenes; cuando las notas rojas no cesan de exhibir la inseguridad en cada rincón de nuestro territorio, cuando las mujeres son asesinadas y son la nota de cada semana; cuando no veo la voluntad de hablar con la verdad dando a conocer las razones reales del porqué están sucediendo tantas cosas negativas en mi estado, entonces me pongo a pensar sobre cuánta maldad está flotando en el ambiente, como de la misma manera se encierra en el alma de algunos actores políticos.

 

Y es entonces, cuando creo que tras todo tipo de crisis económica, social o política siempre ha estado la maldad cubierta o descubierta. En ciertas etapas de la historia  ha prevalecido y estado presente en las personas –monarcas, gobernantes, funcionarios, empleados, líderes, etc.-, lo que ha acelerado una inercia de descomposición en perjuicio de la sociedad.

 

Y entonces vienen a mi mente los conceptos del “bien” y el “mal”. Y, porque sé que para entenderlos hay que conocer la naturaleza humana, me remonto a las explicaciones a partir de diferentes perspectivas teóricas, tratando de descubrir el tratamiento que se ha hecho en el pasado al tema, pero también llevando esas explicaciones al presente, quedándome claro algo: que si la humanidad aún persiste, es porque hubo necesariamente algo o alguien, que pensó en su salvación o protección; es decir, algo y alguien que tuvo la voluntad de provocar el equilibrio dentro del caos. Pero vamos por partes.

 

El ser humano está lleno de facetas, que en función de sus actos humanos pueden estar encasillados en correctos o incorrectos, morales o amorales, éticos o no éticos, “buenos” o “malos” y ello puede variar en función de las percepciones y normas culturales. Pero en el caso de las actuaciones en los espacios donde está en juego la búsqueda o detención del poder, las convicciones, percepciones y valores de las personas cambian, tanto en el camino para lograrlo como para conservarlo, porque el mismo poder está asociado –lamentablemente–, al placer que ofrece el estatus, la jerarquía, la autoridad y los privilegios económicos que de ahí emanan. Luego entonces, para ciertos individuos (mujeres, hombres y de cualquier edad) , el espacio político o público se convierte en la gran oportunidad de saciar esas ambiciones y en ese propósito se externan—con mucha frecuencia–, los sentimientos destructivos, perversos o “malignos” hacia dos direcciones principales: a) arremetiendo destructivamente hacia lo que representa competencia u obstáculo o contra quien se perciba más fuerte en capacidad y habilidad, es decir, el mal tratando de avasallar al bien;  b) y hacia lo que represente oportunidad para usar o abusar de las personas, recursos, y patrimonio del estado. Es decir, el mal presente en la voluntad de quien manda. Ambas orientaciones son perversas.

 

Los espacios políticos se han convertido entonces, por lo general, en una arena en donde los valores como: la solvencia moral, el manejo de la justicia, el respeto al semejante, la competencia limpia y el amor al servicio, quedan fuera del repertorio de ciertos participantes, porque su ánimo está en conseguir las metas sometiendo, tiranizando, etc., para lograr el propósito principal: afianzar el poder por el poder mismo, obtener beneficios personales o de grupo y con ello continuar siendo un ente “solvente” para seguir en la “guerra política”. Para esas personas, sin duda, a través de la maldad logran sus fines.

 

Pero para conocer un poco acerca de los conceptos: “bien” y “mal”, intentaré realizar un breve análisis a partir de diferentes posiciones: teológicas, filosóficas, psicológicas, políticas, etc. Entre los teólogos, abordaré principalmente a San Agustín, Martín Lutero, Juan Calvino, entre los filósofos a Thomas Hobbes, entre los psicoanalistas a Sigmund Freud, entre los psicólogos a los exponentes del conductismo y la psicología humanista y cerraré el análisis con Max Weber como un exponente valioso de la filosofía política:

 

La posición del fraile africano San Agustín (354-430 d.c.) respecto al bien y el mal, la toma de la fuerte influencia que adquiere del Maniqueísmo[1] y a partir de éste, empieza su preocupación hacia el conocimiento de la bondad y la maldad que se hacían presentes a través de dos sustancias opuestas en el hombre: una buena (la luz) y la otra mala (las tinieblas), que eran eternas e irreductibles. Sin embargo, al abandonar esta doctrina y tomar el catolicismo, defendió la posición del libre albedrío de la voluntad, que hace que el hombre sea capaz de decidir obrar, mal o bien, y que siempre estaría frente a estas dos facetas en disyuntiva. La parte buena estaría en el espíritu y la mala en el cuerpo, por lo tanto el hombre vivía en un dualismo constante, de tal forma que era necesario conocer el aspecto bueno y luminoso que cada hombre poseía, para que lograra a través de esa faceta su salvación. Igualmente sostenía que el Creador había establecido tres principios irrefutables: la medida, la belleza y el orden. Y sostenía que cuando estos principios se corrompían, cuando se turbara la medida de las cosas, cuando se destruyera o desequilibrara la perfección o la belleza y se alterara el orden, es cuando las cosas se volverían malas. “la naturaleza mala es aquella que esta corrompida”[2]. Si estos razonamientos los ubicamos a nuestra realidad presente, muchos le daríamos la razón a San Agustín.

 

Juan Calvino, (1509-1564) teólogo francés, enfatizaba que la soberanía era de Dios y, sus decretos eternos ordenaban todo lo que sucedería. Los calvinistas tomaban la Biblia muy seriamente tratando de armonizar todos sus conceptos. Enseñaban que la salvación era llevada a cabo por las características: bondad y fe, Dios se hacía presente, aun por encima de las fuerzas del mal, porque Él las había usado dentro de su plan eterno para salvar al mundo y la humanidad. Por lo tanto, si ese Dios era bondadoso, entonces sus hijos debían actuar a su imagen y semejanza y de este modo poder estar en su gracia. Los principios de Calvino en el presente quedan tan desfasados, porque hoy vemos a los malos políticos en las iglesias y saliendo de éstas van a hacer todo lo contrario a lo que les exige su religión.

 

El teólogo y fraile Alemán Martin Lutero (1483-1546) [3], considerado como impulsor del protestantismo, su concepto del bien y el mal se relacionaba con la coherencia en los actos humanos y su relación con dos elementos: lo correcto y lo congruente. Y lo demostró con su actitud de protesta hacia quienes juzgaban a otros sin primero juzgarse a sí mismos; criticó a los ministros de la iglesia, porque se suponía hacían el bien y no lo demostraban con sus actos. Su doctrina obedeció a una reacción propia de resistencia ante la corrupción de la Iglesia y los abusos que ésta cometía en esa época, No creía en el poder eclesiástico que consideraba malas a las personas sino se sometían a su voluntad, o que vivían como reyes y no daban ejemplos de humildad, es suma que no dignificaban con sus actos lo que predicaban. Ello lo llevó a generar una corriente o rebelión teológica y una de sus bases principales fue considerar al hombre con capacidad para poder juzgarse, es decir que su propia voluntad y fe en Dios, sería lo que le podía salvar. Confiaba en que el hombre era bueno, si hacía efectivo el principio del orden, la autoreflexión, la  generosidad y era congruente entre lo que predicaba y lo que hacía. Es decir, los principios de Lutero nos confirman la bondad en los actos de aquellos que tienen la virtud de la congruencia y de hacer lo correcto.

 

Para Tomas Hobbes (1588-1679)– filósofo inglés, la voluntad y la conducta humana –buena o mala–, habrían de estar motivadas por deseos; por lo tanto, el poder del hombre residía en la capacidad para actuar bien ante la emoción que depositara para lograr una meta. Pero también reconocía que, en la búsqueda del poder, podía no sólo surgir emoción, sino que los sentimientos podían deformarse surgiendo pasión o –incluso en caso extremo–, obsesión. Y en ese contexto, el hombre había de buscar consciente o inconscientemente eliminar las situaciones desagradables a costa de lo que fuera, buscando la meta—ambición personal del presente– y al alcanzarla,  lo agradable haría que buscara otras. Pero según Hobbes, el problema surgiría cuando esas fuentes de placer debían ser compartidas por otras personas o cuando existían interferencias a esos deseos, eso determinaría que el individuo estuviera en constante guerra con los demás. Por eso él, expresaba: El hombre es un lobo para el hombre.

 

Los análisis de Hobbes toman vigencia en la actualidad, cuando descifra los motivos de los conflictos entre el bien y el mal, siendo éstos: 1) la competición o competencia, (que hace que el hombre emitia el esfuerzo e invada terrenos propios o ajenos para obtener algo); 2) la desconfianza, (la búsqueda de eliminar todo lo que ponga en riesgo la posesión de lo obtenido y con ello encubrir su inseguridad); y  3) la gloria, (luchar para lograrla porque eso abona a la reputación, al estatus y a los privilegios)[4]. En contraparte a lo anterior, el bien se habrá de lograr,  cuando en lugar de competencia haya cooperación, en contraparte de la desconfianza prevalezca la certidumbre y cuando la gloria o el éxito no fuera el fin mismo, sino el medio.

Continuará.

[1] Religión que estaba en ese momento imperando, basado en las doctrinas del sabio persa Mani o Manes(215-276) que aseguraba ser el último profeta enviado por Dios.

[2] San Agustín, La naturaleza del bien, http://www.augustinus.it/spagnolo/natura_bene/index2.htm

[3] Vàrnagy, Tomas, (1999) “El pensamiento político de Martin Lutero”, en La Filosofía Política clásica, de la antigüedad al renacimiento, Cap, VI, CLACSO. Buenos Aires Arg.

[4] Hobbes, Thomas (1651) El Leviatán, o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, FCE, México.

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