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¿Dónde se aprende el machismo?

by Pilar Ramirez

Palabras más, palabras menos, Ángel Díaz Barriga señala que el aprendizaje se resuelve en la didáctica, es decir, más allá de la complejidad del contenido, se aprende o no se aprende según cómo se enseñe, si el maestro eligió adecuadamente la técnica para enseñar e interesar a sus alumnos en la historia que cuenta, en la vida de un personaje histórico o en los problemas matemáticos a resolver, si les permitió con este acompañamiento gestionar su propio aprendizaje.

De la misma forma, los varones aprenden a ser machistas porque lo beben, lo ven, lo oyen, lo repiten, lo ensayan y se les impregna en la piel y en el cerebro desde el momento en que nacen. Si alguien piensa que el azul claro y el rosita ya están superados como colores para identificar a los niños y niñas respectivamente está muy equivocado. Si visitan alguna maternidad particular (porque en las públicas no dejan entrar ni a los familiares y menos en estos tiempos) pueden ver los globos, las carreolas en la puerta, las flores, las playeras o los portarretratos en el color que corresponde al sexo del bebé recién nacido, azul para los niños y rosa para las niñas. La elección de colores continuará buena parte de la niñez.

Eso podría ni recordarlo después, pero desde que comienza la maduración cerebral hasta la adultez, los hijos estarán expuestos a una serie de enseñanzas que lo perfilarán en mayor o menor grado como machista. Esta educación (la de la escuela es instrucción) se reforzará en los grupos de amigos, la escuela, los clubes de deportes, las fiestas, la iglesia, en casi cualquier contexto social y, muy importante, en las redes sociales. Ese gran ambiente didáctico tan eficiente que envidiaría cualquier sistema educativo, define el comportamiento de hombres y mujeres, les dicta cuáles son sus roles.

El discurso de un padre sobre la honestidad se derrumba en un instante si su hijo descubre que es infiel o, peor, promiscuo, pero se encumbra la imagen de macho y conquistador.

Las palabras sobre la humildad, respeto, fraternidad, ayuda y armonía, muchas veces provenientes de enseñanzas religiosas, se vuelven agua si presencian violencia contra la madre y otras mujeres, actitudes ofensivas, vejaciones, menosprecios así sean sutiles, celos, enojo, agresividad, arrogancia, intolerancia, insensibilidad ante el cansancio y las necesidades de la esposa, hermanas, hijas y aun de la madre.

Los niños y jóvenes —hombres y mujeres— son reacios a realizar tareas domésticas. Pero es común que dichas tareas sean una obligación para las hijas y si los niños “ayudan” se les elogia estruendosamente. Allí aprenden que las mujeres están para servirles (no sólo con ropa limpia, comida y un lugar aseado) sino que también están a la disposición de los deseos del hombre de la casa.

Las diferencias en el tipo de juguetes contribuye en forma determinante para definir los roles. Los permisos para salir de fiesta son distintos en mujeres y varones. Si un hijo varón tiene tempranamente una compañera sexual el padre, especialmente, se lo celebra. ¿Quién no ha escuchado el refrán “cuiden a sus gallinas que aquí está mi gallo”? Como si los hombres nacieran con un deseo sexual incontrolable mientras que las mujeres por “decoro” no sólo no deberían tener vida sexual sino tampoco admitir el deseo o pulsión sexual.

Esas enseñanzas, que además penetran porque le otorgan al varón poder y comodidad, se producen cada día, cada hora y cada minuto de la vida de niños y jóvenes. Son aprendidas además no sólo por los hombres sino también por las mujeres. Si se trata de chicas en cuyo panorama está la instrucción y la información sobre las tendencias mundiales de protección y garantía del ejercicio de los derechos humanos de las mujeres por más tradicional que sea el hogar reclamarán su sitio, en caso contrario vivirán la marginación y la subordinación como algo natural. Las canciones, programas televisivos, publicidad y refranes son el cerco invisible y duro que no permite entrar al discurso de la igualdad. Los chistes, memes y mensajes que se comparten por millones los jóvenes afianzan las ideas sobre la superioridad del género masculino.

¿Dónde y cómo van a aprender estos jóvenes y adultos que no se nace celoso, agresivo, violento, feminicida, infiel, ofensivo, arrogante, promiscuo, machista, discriminador, con deseo sexual incontrolable como para justificar una violación o que no tienen necesidades diferentes a las de las mujeres que expliquen la violencia machista? Y, sobre todo, ¿cómo van a desaprender eso que casi tienen en el ADN después de tantas generaciones?

La escuela no lo va a hacer, de hecho en muchos casos la escuela reproduce esos roles. Las primarias y secundarias continúan pidiendo falda a las niñas, sin permitirles elegir con qué prenda se sienten más cómodas. Las mujeres pueden llevar el cabello largo pero los hombres no y en la preparatoria les prohíben —por lo menos en varias escuelas particulares— usar barba, sin explicar por qué. Ya ni se diga un arete. De modo que aquello de “lo que natura non da Salamanca non presta”, queda en el olvido porque no se es machista por naturaleza, es aprendido porque es cultural. Se lo dio la familia, el entorno cercano y lo reforzó permanentemente la sociedad. Sólo puede ser desaprendido por voluntad y si hay un entorno social que repudie cada vez más las demostraciones de machismo, en lugar de premiarlas.

¿Cómo puede sorprendernos que haya contadores, abogados, químicos, médicos, etc., machistas? Es decir, hombres que pasaron por la instrucción universitaria y nunca fueron puestos a reflexionar sobre estos temas de su propio comportamiento. El resultado: maestros universitarios, políticos, artistas e intelectuales con los más altos grados universitarios que cotidianamente tienen un

comportamiento sexista, violento o que lo único que saben del feminismo es que no les gusta.

El maestro de la Universidad Veracruzana que habla de las “marranadas” al referirse al matrimonio igualitario y culpabilizar a las mujeres por los embarazos no deseados no es más que un ejemplo de lo que sucede a menudo en las aulas universitarias. Otro profesor universitario se refirió al caso de la persona que pidió ser llamada “compañere” para amenazar a su grupo “a mí me dicen compañere y los saco de aquí” […] “si alguien empieza con sus jaladas de que yo soy compañerede sáquese a la chingada de aquí”.

Los dispositivos móviles y las propias redes sociales que sirven para fomentar el machismo, ahora pueden ser útiles para frenarlo. Gracias a ellos han trascendido deslices y delitos de figuras prominentes. Una parte de la opinión pública los repudia porque ahora es políticamente incorrecto ser machista en público, pero muchos continuarán con el mismo comportamiento en la intimidad de su hogar o en otros ámbitos, mientras se sientan seguros de no ser descubiertos.

Por eso, para las feministas y, en general, para las mujeres que son o pueden ser agredidas es importante generar una cultura de la evidencia. Si hay un maestro, esposo, hermano, padre o conocido acosador es importante contar con pruebas para que reciban castigo, no sólo una plática o una reprimenda porque se quedó en el nivel de presunción. Los tendederos son un primer paso, pero no hay pruebas e incluso pueden ser utilizados como instrumento para dirimir rencillas personales sin que haya realmente delito. Esta cultura de la evidencia debe ser compartida entre mujeres y demostrar la sororidad, pues es inevitable que la acosada no pueda ser siempre quien recoja las pruebas de la violencia.

En las redes sociales puede verse casos inauditos. Muchos no han entendido, o no han querido hacerlo, que las redes son plazas públicas donde los comportamientos están a la vista de todos. He sorprendido a prestigiados académicos, con premios internacionales, compositores, autores de libros muy citados, de aquellos que en mis tiempos de universidad llamábamos “vacas sagradas”, casados, haciendo comentarios impropios a mujeres jóvenes o por lo menos piropos que nunca les mostrarían a sus esposas. También he visto respuestas de mujeres cómplices de esa violencia que los hombres ejercen contra sus esposas.

El problema es que la violencia no termina en los “piropos”, ojalá así fuera. Es necesario recorrer el camino inverso y en lugar de dejar que un acoso llegue a la violencia, provenga de donde provenga, contar con la evidencia necesaria para detenerlo siempre que sea posible. El acosador cuenta siempre con el miedo de la víctima, es momento de superarlo y recoger la prueba de la violencia. Está bien compartirla en las redes, como hacen ya muchas mujeres, pero hay que dar el siguiente paso y llevarla al ámbito jurídico.

Para que estas evidencias tengan valor es necesario contar con políticas públicas dirigidas específicamente a impartir justicia para las mujeres víctimas de cualquier tipo de violencia. Una política de cero tolerancia. Otro factor es un trabajo institucional nada fácil: desmontar el machismo interiorizado en las mujeres para eliminar el miedo a denunciar e incluso a defenderse en ciertos casos. Es preciso aprovechar el momento político. En la pasada elección fue visible el enojo de las mujeres y ya está habiendo respuesta política. Ya basta de “dar capetazo” a denuncias que se consideran sin importancia con el argumento de que “hay casos más delicados o urgentes”. Siempre los habrá, pero con esas pequeñas cosas empezaron la mayoría de los feminicidios.

@pramirezmorales

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