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El 30 de diciembre del año que recién terminó trajo aire puro y respirable después de varios meses en que el coronavirus hundió a la mayor parte del planeta en una atmósfera llena de miedos, enfermedad, muerte e incertidumbre. Hablo del día en que se legalizó la interrupción del embarazo ILE) en Argentina.

Argentina se suma a Cuba y Uruguay como los únicos países de América Latina en donde la interrupción del embarazo es libre y voluntaria entre las 12 a 14 semanas de gestación. También es libre en Guayana (británica), Guayana Francesa y Puerto Rico, países que aunque territorialmente se ubican en Latinoamérica sus marcos legales provienen de otras latitudes.

En México, el aborto es libre en la Ciudad de México y Oaxaca. De ahí la relevancia de la contribución argentina para extender el verde, color que identifica la lucha feminista para legislar a favor de la ILE.

En Argentina, el reclamo feminista utilizó un símbolo por demás estremecedor para instar a su congreso a la aprobación de la ley que se comenta: un gancho o percha para colgar ropa. Resulta que es uno de los instrumentos más utilizados por las mujeres de escasos recursos para intentar practicarse un aborto ellas mismas, cuando su economía no les permite siquiera el acceso a medicamentos que podrían tener el efecto deseado o la imposibilidad de conseguirlos por otras razones.

Esta práctica, por más primitiva que parezca, ha sido y sigue siendo utilizada por miles de mujeres, muchas de quienes terminan en hospitales con secuelas terribles, en el mejor de los casos, porque en tantos otros lo que encuentran es la muerte.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que cada año se practican 22 millones de abortos inseguros y estimaciones muy conservadoras señalan que cinco millones requieren hospitalización por complicaciones. Amnistía Internacional estima que 47 mil casos terminan en muertes sangrientas y escalofriantes por este tipo de prácticas, debido a legislaciones que impiden a las mujeres el acceso a una interrupción del embarazo asistida en condiciones sanitarias seguras. En realidad, las autoridades de salud de los diferentes países, tanto como la OMS lo que saben de cierto es que sólo pueden hablar de cálculos pues la cifra negra de abortos mal practicados que terminan en muertes de mujeres puede ser muy grande, debido a la clandestinidad.

El símbolo del gancho no es nuevo, pero no ha perdido la carga de dolor físico y humano que impone su uso porque se utiliza cuando las mujeres no tienen otra salida. Las feministas argentinas lo retomaron con fuerza desde dos años atrás en que estuvo a debate la ley de despenalización del aborto.

Un caso importante que trascendió en Alabama, Estados Unidos, en 1953, fue el de una estudiante de 18 años embarazada por el entrenador de la escuela, quien insistía en que se casara con un joven de su edad para ocultar tanto el embarazo como la relación impropia que mantenía un profesor con una alumna; Elsie Bodiford, el nombre de esa estudiante, se negó; William Henry Hamilton, el entrenador, con dos hombres más llevaron a Elsie a un hotel y al día siguiente la joven apareció desangrada con un gancho junto a ella. El entrenador alegó que había sido ella misma quien había intentado practicarse el aborto y los tres hombres fueron liberados. El pasado 2019 las feministas retomaron este episodio cuando el congreso estatal volvió a penalizar el aborto con una de las leyes más restrictivas de Estados Unidos, incluso en casos de violación.

Aunque el gancho como símbolo del activismo feminista para exigir la despenalización del aborto se extendió en los años 60 para hacer presente el tormento por el que atravesaban muchas mujeres que deseaban poner fin a un embarazo.

El rechazo al castigo penal que se impone a las mujeres por abortar es cada vez mayor, no sólo porque se obstaculiza el derecho a decidir sobre su propio cuerpo sino por la discriminación implícita que conlleva una ley que criminaliza exclusivamente a la mujer, como si en la concepción no hubiese participado también un hombre.

En 2020 grupos feministas de México tomaron los congresos de Quintana Roo y Puebla, a pesar de la pandemia. En esta segunda entidad por primera vez en su historia fue tomado el Congreso local, lo cual marca un hito de las acciones que las ciudadanas exigen a sus legisladores como sus representantes.

Es necesario recordar que en la Ciudad de México, primer lugar que despenalizó el aborto en el país, fue el Partido de la Revolución Democrática (PRD) el que apoyó y logró esta ley a favor de las mujeres. Hoy, aliado con el conservador Partido Acción Nacional (PAN), difícilmente puede ofrecer en sus campañas esta bandera social porque su aliado electoral es bien conocido por su postura en contra del derecho a decidir de las mujeres.

Esperemos que el adiós al gancho pronto sea una realidad en todo México y en más países de América Latina donde las olas verdes crecen cada vez más en su exigencia de un derecho elemental para las mujeres y sobre el cual generalmente deciden los hombres.

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