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Decía Antonio Gramsci que si no todo el empresariado, “sí un núcleo selecto, requerido por la necesidad de establecer las condiciones más favorables para la expansión de su clase, debe poseer una aptitud adecuada de organizador de la sociedad en general (…) y tener la suficiencia para seleccionar y elegir a los encargados o empleados especializados a quienes confiar esta actividad organizadora de las relaciones generales al margen de la administración”.

Lo que el pensador italiano llamaba “la aristocracia de la toga” fue la que hace muchos años desplazó a los clérigos. Esta nueva aristocracia fueron los científicos, ciertos administradores, los teóricos, los filósofos.

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde lo que pudo observar en su tiempo Gramsci sobre el desarrollo del capitalismo, pero este teórico visionario sigue estando vigente porque las condiciones de la economía sólo cambiaron para transformar al capitalismo en un sistema más salvaje con la globalización y hacer más sofisticada a esa “aristocracia de la toga” o “intelectuales orgánicos”, pero en esencia sigue funcionando igual. El empresariado comparte intereses con el gobierno y con los grupos de poder afines que tienen como comparsas a una flotilla de “sabios” reales o autoinventados que cantan las loas del sistema y sus soportes, pero no son hermanas de la caridad, no, reciben privilegios que ningún otro mortal, que no tenga su saber como para que quede plasmado en blanco y negro o para difundirlo ante un micrófono, puede obtener.

Eso, palabras más, palabras menos es lo que ha ocurrido en nuestro país. Ahora bien, la clase intelectual no es ni con mucho homogénea. José Joaquín Blanco decía medio en broma, pero retratando muy bien la realidad, que entre los intelectuales “lo malo no eran las mafias sino no pertenecer a una”.

Quizá algunos ya no recuerden el zafarrancho verbal que desató el Coloquio de Invierno de 1992 del que fue excluido el Premio Nobel Octavio Paz, el poeta indignado renunció al Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. De dicho coloquio, que privilegió a los miembros de la revista Nexos, también fueron excluidos otros colaboradores de la revista Vuelta, dirigida por Paz, como Enrique Krauze. La indignación de Paz le costó el puesto a Víctor Flores Olea como director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Eso, nada más para dar un ejemplo de que los intelectuales que se adhieren a los círculos de poder tienen influencia y poder, pueden quitar y poner funcionarios; no piden, exigen privilegios. O por lo menos así había sido hasta hace dos años. Sus grupos pueden ser más poderosos cuantos más miembros integren y cuantas más credenciales tengan sus miembros. Gracias a su contacto con el círculo de poder, se puede sumar a sus atributos el poder económico. Esto tiene que parar.

El desplegado de ¿los más de 650 científicos e intelectuales? muestra que los intereses comunes pueden hacer olvidar viejas rencillas, lo importante es defender ¿la libertad de expresión? no, qué va. Vayamos por partes.

No firmaron 650 intelectuales. Entre los nombres hay exfuncionarios que no han escrito ni una postal.  También hay muchos perfectos desconocidos que quien se haya dado a la tarea de googlear los nombres no verá aparecer por ningún lado. Es decir, puede ser un académico, un científico o un teórico pero no tiene influencia en la opinión pública. Así, otro grupo podría publicar otro desplegado con la nómina docente de la Facultad de Química y tendría el mismo valor ciudadano, pero los que fueron incluidos en los 650 no tienen un peso mayor que otro profesionista, analista o escritor del país. Esto tiene que parar.

Una más, ya aparecieron en los medios por lo menos dos personas que niegan haber sido consultadas para incluir sus firmas. Así que el acarreo digital también hizo lo suyo. Esto tiene que parar.

El desplegado se titula “En defensa de la libertad de expresión”, pero no muestran ningún caso en que se haya despedido a un periodista por lo que investigó o publicó, como en sexenios anteriores. Ningún periodista muerto por criticar a la 4T. Ningún propietario de medios que pueda decir que está siendo presionado para eliminar tales o cuales contenidos. Esto reduce a una mentira lo de defender la libertad de expresión y el propio desplegado es una muestra de que no se les está coartando esa libertad. Que digan lo que les duele y no que inventen un dolor infligido. Esto tiene que parar.

.Durante años se realizó el 30 de mayo un acto llamado “En defensa de la palabra”, en la plazuela del monumento a Zarco, organizado por la Fundación Manuel Buendía, hablo en calidad de asistente, para recordar el artero asesinato de que fue objeto el periodista michoacano por sus opiniones expresadas en la columna “Red privada”. Nunca puso allí un pie el señor Enrique Krauze, ni Héctor Aguilar Camín que se quería quedar con los derechos de algún libro de don Manuel y su viuda no se lo permitió, tampoco vi nunca a Ángeles Mastretta, a Rafael Pérez Gay, Claudio X. González ni a Roger Bartra, podría seguir con la lista y tengo la certeza de que nadie acudió a ese acto que sí era una verdadera osadía. En el caso del don Manuel no sólo el odio, sino su propia sangre llegó al río. Y ahora estos “intelectuales” manifiestan veladamente no se sabe si una amenaza o la intención de crear un mártir. ¿Por qué no protestaron cuando hubo una verdadera víctima? O cuando en sexenios posteriores hubo muchas víctimas mortales más debido a su labor periodística. Esto tiene que parar.

Y sólo para terminar, considero que para cualquier ciudadana o ciudadano, es vergonzoso e indignante que otros ciudadanos se consideren más que aquel que trabaja, recibe un salario y sostiene a su familia. Que su opinión, no importa lo tramposa que sea, se difunda en las redes y en los medios sólo porque se le considera “más importante”. Que un médico, un químico, un biólogo, un poeta, un músico popular no deba ser tomado en cuenta porque no goza de la amistad de quienes impulsaron un desplegado acusando la falta del ejercicio de un derecho que nunca se les ha conculcado, sólo porque se consideran “influencers”. No hay ciudadanos de primera y de segunda. Esto, definitivamente, tiene que parar.

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