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Vamos a decirlo de una manera sencilla: no existe un solo feminismo, ni tampoco un concepto único y mucho menos un conjunto de estrategias al que se adhiere la mayoría para combatir al patriarcado, al machismo o a la violencia de género.

Esta fragmentación es comprensible porque el feminismo es, en esencia, una lucha política y existen, por tanto, distintos perfiles de militancia.

En parte, como ha ocurrido con la izquierda, esta ausencia de unidad ha sido aprovechada por quienes no desean cambios en una sociedad que escamotea derechos a las mujeres, que las agrede, las ofende y no las protege como debería sólo por el hecho de ser parte de la ciudadanía o la población de un país.

Es cierto que los avances que se han dado han ocurrido alrededor de derechos que no podían ser pospuestos por más tiempo y sobre los cuales hay consenso. Es el caso de la paridad en el derecho a participar por los cargos de elección popular, por la vida libre de violencia o por la igualdad entre géneros. No es el caso del derecho a decidir, porque siendo una lucha política, otros intereses político-ideológicos intervienen como los de grupos de ultraderecha y/o religiosos. El hecho es que no hemos logrado hasta ahora contar con leyes homologadas en todas las entidades. Es cierto que 21 entidades comparten cuatro supuestos para la interrupción del embarazo, pero la protección del derecho a decidir sólo lo tienen la Ciudad de México y Oaxaca, por lo tanto, está lejos todavía el cambio constitucional en este renglón.

El tema candente por ahora, sin embargo, es el de la violencia contra las mujeres, especialmente la violencia física y la feminicida. La pandemia provocó la interrupción de un movimiento sin precedente como el que ocurrió en marzo de este año. La cuarentena recrudeció esa violencia contra la que se pronunciaron miles y miles de mujeres el nueve de marzo y con un gobierno federal tibio, indeciso o indiferente ante el problema, la lucha pareció quedarse detenida, mientras los agresores continúan actuando no sólo en privado sino también en público.

Hace poco se dio a conocer un caso escandaloso en Argentina donde seis jóvenes pertenecientes a familias adineradas violaron multitudinariamente a una menor de 16 años y el juez del caso lo sobreseyó al desechar el delito de violación y argumentar desahogo sexual. El mismo país donde una mujer puede ir presa si aborta.

El exregidor de Tlajomulco en Jalisco, Quirino Velázquez Buenrostro, padre del actual diputado Quirino Velázquez Chávez, afirmó en un escrito que “la política es como una mujer, es de todos y hay que limpiarla después de usarla”.

José Manuel Mireles llamó pirujas a las parejas de derechohabientes y “nalguitas” a las mujeres para las que le pedían una plaza.

El pastor chileno Javier Soto afirmó que Dios mandó el coronavirus para que las mujeres regresaran al hogar y la cocina de donde nunca debieron salir.

El recientemente famoso y supuesta “víctima” de discriminación Chumel Torres, escribe cotidianamente lindezas como “Hoy me dijeron ‘eres una golfa astuta’ y no me ofendí ni un poco”, “Acaso soy el INEGI o ¿por qué quiero medir qué tan rica eres?” o “Ves que la niña es puta y le das Twitter”.

La lista puede ser interminable, lo importante, es cómo este tipo de posturas ante las exigencias de las mujeres y las declaraciones de muchos personajes de la vida pública parecen ir normalizando la violencia, que se acrecienta cada vez más.

Necesitamos una lucha feminista no sólo más unida y nutrida como para hacer una demostración de fuerza, también necesitamos más consensos. Como en toda lucha política debemos identificar a los aliados y a los enemigos. Pelear en los frentes más sensibles, no dar tregua en los temas más delicados como la trata de personas y los feminicidios. En fin, construir una agenda que coloque en el horizonte mejores logros.

Un aspecto que me ha llamado la atención de las concentraciones feministas es el rechazo a la participación de hombres, no sólo el rechazo sino la prohibición explícita a la presencia de varones. Afirmaciones como “si no tienes útero no puedes opinar sobre el aborto” lo que hacen es alejar aliados. No hablo solamente de la del 9 de marzo que podía tener el objetivo de visibilizar la fuerza y número de la población femenina. Leo o escucho los argumentos, pero me sigue pareciendo que sí hay hombres que pueden entender el feminismo, tanto como se entiende cualquier movimiento que enfrenta un sistema injusto.

Aunque ha causado polémica, me han parecido interesantes las “reuniones sólo para hombres” para hablar de la igualdad de género en Suecia; asiste a ellas el empresario y ambientalista Johannes Wretljung Persson, por eso han ganado fama. Aunque en estas reuniones también participan mujeres, la idea es discutir lo que han hecho mal ellos mismos como hombres o lo que hacen otros, para trabajar por un mundo más igualitario. Muchas mujeres dirán, con razón, que esto no es más que el patriarcado tratando de hacer un mundo desde lo que este sistema concibe como más igualitario. Puede ser, pero sostengo que es lo mismo si se niega la participación a los hombres en el movimiento feminista. Aun los que actúan de buena fe lo pueden hacer mal, pero no lo sabrán si se les impide involucrarse en un movimiento que requiere de mucha fuerza.

Es como si se pidiera que en las protestas contra el racismo participaran exclusivamente los afroamericanos.

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