La Fábula del Jaguar del Pantano y los Zorros del Estero

“Decir astuto es lo mismo que decir mediocre”. – Víctor Hugo.

En los linderos del Gran Manglar del Sureste, donde los ríos se abrazan con el mar y los pantanos murmuran historias que pocos se atreven a contar, vivía un jaguar astuto y corpulento llamado Adagust, dueño de territorios amplios y oscuros senderos. Famoso por su rugido que imponía silencio entre las bestias, el jaguar llevaba años construyendo una red de aliados que, con el paso del tiempo, se volvió tan espesa como la maleza que oculta los secretos del manglar.

Pero esta historia no comienza con él, sino con una criatura que desde las sombras se convirtió en su favorito: Maclav, un mapache de pelaje brillante, hábil con las garras y aún más hábil con los números. Algunos lo llamaban empresario del pantano; otros, simplemente, operador. Todos coincidían en una cosa: Maclav tenía una habilidad sobrenatural para mover recursos de un charco a otro sin dejar huella. Eso le ganó el afecto del jaguar y su protección.

Un día, buscando expandir su territorio, Adagust envió a Maclav más allá del estero, hacia las tierras pulidas y vigiladas del Reino de las Dos Riberas, un fraccionamiento exclusivo donde solo las bestias con fortuna, poder o ambición podían construir sus madrigueras. Y ahí fue donde ocurrió el encuentro que marcaría la trama de esta fábula.

 

  1. El encuentro de las Dos Riberas

En ese reino vivían unos personajes peculiares: los Zorros del Estero, una familia conocida por su habilidad para adaptarse a cualquier clima político. El más conocido de ellos era Mikilo, un zorro de sonrisa afilada, lustroso pelaje y obsesión por aparentar. Le acompañaba un séquito de parientes, amigos, plumas y heraldos que se encargaban de cantar sus supuestos méritos por todo el territorio.

Cuando Mikilo conoció a Maclav, sintió de inmediato el olor del poder. El mapache, dueño de una madriguera de más de 5 mil metros cuadrados, ofreció entrarle a los juegos de la élite: el pádel de los terrenos privados, las reuniones clandestinas, los banquetes donde se hablaba más de negocios que de comida.

Entre el mapache y el zorro nació lo que algunos vecinos llamaron “amistad”, otros “alianza” y unos cuantos “complicidad”. Los dos presumían sus juguetes —carros brillantes, aves metálicas que surcaban el cielo, barcos que cortaban las olas— y competían por quién tenía la guarida más extravagante. Pero lo importante no era el lujo; lo relevante se discutía en los murmullos entre partido y partido.

 

  1. De cómo se lavan los charcos

Dicen que en esas reuniones, mientras las aspas de los helicópteros mecían las palmeras del fraccionamiento, Maclav y Mikilo conversaban sobre cómo mover riquezas entre empresas que nadie veía y equipos de deporte que nadie cuestionaba. Había negocios del pantano profundo, contratos que llegaban desde la cueva del jaguar Adagust, operaciones de combustible, rutas aéreas privadas, inversiones que crecían de la noche a la mañana.

—En este reino todo es posible —decía Maclav mientras ordenaba a sus guardianes limpiar el camino—, siempre que se tenga la garra adecuada para sostener a los poderosos.

Mikilo, encantado, asentía. Él sabía bien que el zorro vive de la astucia, y si esa astucia se envuelve en millones, mucho mejor.

Cuando no hablaban de negocios, hablaban de política, de poder y sobre todo de su obsesión más reciente: cómo debilitar a la gobernadora del Bosque Verde, una osa sabia y disciplinada llamada Rocila, que había llegado al poder con un mandato firme y con el respaldo del águila más poderosa de los cielos: Claudia, la gran águila que custodia la federación.

La osa Rocila trabajaba incansablemente y se acercaba a su primer informe anual con fuerza, obras y estabilidad. Pero eso no agradaba a los Zorros del Estero, quienes veían en su éxito la confirmación de su declive.

—Hay que frenarla —repetía Mikilo—. Si ella crece, nosotros desaparecemos del mapa.

 

III. La campaña de los vientos oscuros

Fue entonces cuando Maclav ofreció lo que mejor sabía dar: recursos.

Y Mikilo, astuto, ofreció lo que más poseía: voceros, plumas, portales, rumores y campañas de desprestigio.

La estrategia era sencilla y vieja como las dunas: sembrar desconfianza contra Rocila, atacar cada decisión, exagerar cada sombra, convertir cada logros en supuestos fracasos. Y así comenzó a soplar sobre el bosque un viento oscuro lleno de notas manipuladas, columnas pagadas y ataques simulados.

Los heraldos de los zorros repetían los mensajes; los aliados ocultos repartían encuestas inventadas; los mensajeros disfrazados de críticos independientes atacaban desde las madrigueras digitales.

Todo financiado por Maclav desde su enorme guarida en Dos Riberas.

Los vecinos del fraccionamiento, mientras tanto, observaban con creciente horror cómo el mapache cerraba áreas comunes, metía animales exóticos como si fuera un pequeño emperador, organizaba prácticas de tiro con armas de grueso calibre y amenazaba a quienes osaban reclamarle. Su manada de más de quince guardias armados reforzaba la idea de que Maclav jugaba a tener su propio reino privado, fuera de toda ley.

Pero nadie hacía nada; la sombra de Adagust seguía protegiéndolo.

 

  1. La impunidad como costumbre

Con el tiempo, Maclav y los Zorros del Estero se creyeron intocables.

Habían tejido una red tan amplia —con contratos, influencias y símbolos de poder— que imaginaron que podían moldear el destino del estado a su antojo. Su objetivo final era claro: mantenerse vigentes, sobrevivir políticamente y preparar el camino para recuperar el control en 2030.

Mientras Rocila gobernaba, ellos conspiraban.

Mientras la gobernadora inauguraba obras, ellos inventaban escándalos.

Mientras la federación reconocía avances, ellos financiaban portales que los cuestionaban.

Y mientras los ciudadanos buscaban estabilidad, ellos jugaban al poder como si todo fuera un tablero privado en su exclusivo fraccionamiento.

 

  1. El bosque responde

Pero el Bosque Verde es viejo y tiene memoria. Sus criaturas comenzaron a cansarse del ruido, del humo, de la manipulación. Entre los arroyos se comentaba cada vez más fuerte la necesidad de que las autoridades federales y estatales —los halcones de la PROFEPA, los guardianes de la Marina, los búhos de la fiscalía, los linces del Ejército— revisaran la madriguera de Maclav.

—No es solo por el ruido —decían los vecinos—. Es por lo que puede haber debajo del ruido.

 

En paralelo, Rocila avanzaba hacia su primer gran informe con pasos firmes. A pesar de la guerra sucia, de los ataques sincronizados, de la campaña millonaria de los Zorros del Estero y el mapache del pantano, la gran águila Claudia seguía respaldándola públicamente. Ese apoyo le dio fuerza a Rocila y debilitó la narrativa que Mikilo intentaba construir.

La fábula comenzaba a girar.

El jaguar Adagust, cada vez más cuestionado por su influencia en múltiples territorios, empezaba a mostrar grietas en su poder. Y con ello, el manto protector que cubría a Maclav y a los Zorros del Estero se hacía más delgado, más vulnerable.

 

  1. Moraleja del bosque

En todo reino, por más exclusivo que parezca, las madrigueras construidas sobre abusos terminan por desmoronarse.

En todo manglar, por más hondo que sea, las huellas del dinero mal movido siempre emergen.

Y en todo bosque, por más denso que resulte, la verdad encuentra caminos para brotar.

Maclav, el mapache del pantano; Mikilo, el zorro del estero; y Adagust, el jaguar que los cobijó, creyeron que la impunidad era eterna.

Pero olvidaron que ningún reino se sostiene por siempre en sombras, lujos ilícitos o campañas de desprestigio.

La gobernadora Rocila llega a su primer informe con el respaldo firme del águila Claudia.

Los Zorros del Estero, en cambio, llegan con prisas, con desesperación, con el miedo de quienes saben que el tiempo se les agota.

Porque en el fondo, esta fábula no habla solo de animales o de territorios.

Habla de cómo el poder, cuando se usa para proteger excesos, termina devorando a quienes lo ejercen.

Y de cómo, pese a las campañas, las guerras mediáticas y los millones invertidos, la verdad siempre acaba por imponerse en el bosque.

 

Al tiempo.

 

astrolabiopoliticomx@gmail.com

“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx

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