Cuando era niña crecí como muchas personas de mi generación viendo todas las películas de Disney, recuerdo que una de mis favoritas era la Bella y la Bestia, porque a su protagonista le encantaba leer, también el vestido de Blanca Nieves fue siempre de mis favoritos y en la escuela tuve la oportunidad de interpretarla, aunque mi piel no fuese precisamente blanca, pero jamás consideré que ese era un impedimento. Por suerte mi maestra de la época pensaba igual.

¿Pero qué hubiera pasado si la mentalidad de mi mentora fuese igual a la de muchas personas de la actualidad? donde los roles parecen ser determinados por nuestros rasgos físicos, el color de piel, la raza o la edad, seguramente hubiera crecido creyendo que no merecía ciertas oportunidades, tendría limitantes para acceder a espacios por considerar que no me pertenecen e incluso me costaría creer en posibilidades de superación, pues en los productos de entretenimiento las personas con mi color de piel eran consideradas únicamente para papeles de pobreza, tareas de servicio en el hogar o delincuentes.

Incluso en las producciones de telenovelas de mi país el protagónico era para personas de tez clara o extranjeros, hasta los casos más famosos de “superación” como “María la del barrio” tenían a protagonistas de tez blanca. Tuvieron que pasar décadas enteras para que la industria del entretenimiento comenzara a entender la necesidad de la pluralidad en las pantallas. Aunque muy probablemente estas decisiones respondan más al capitalismo que a una verdadera inclusión, es innegable que el cambio de narrativas también afecta la percepción social.

En un mundo donde la sociedad rara vez es autodidacta, los medios juegan un papel crítico en nuestro conocimiento del entorno, de ahí la necesidad de que las narrativas del siglo XXI rompan los paradigmas donde no existe diversidad alguna, pues hasta hace poco todas las historias daban prioridad a las personas blancas heterosexuales. Películas que buscaban abordar la diversidad sexual se volvían un escándalo e incluso eran prohibidas en distintas partes del mundo. Aún en nuestros días fue una reciente polémica ver un beso entre dos mujeres bajo el argumento de que no podía estar en una película infantil.

Hoy nuevamente surge el dilema con el lanzamiento del tráiler de la próxima película de Disney: “La sirenita”, donde la reacción de las niñas de la actualidad debería ser prueba suficiente de que todas las personas necesitamos sentirnos representadas en todos los espacios. Pues mientras más historias como estas tengamos, más personas se atreverán a perseguir sus sueños.

Un ejemplo real de ello lo vimos en 2008 cuando Estados Unidos tuvo a su primer presidente afroamericano, este hecho decía a millones de personas en el mundo que había nuevas posibilidades y que verdaderamente el cambio es posible. O cuando nos llenamos de emoción por ver a nuestros compatriotas triunfando en Hollywood o en cualquier ámbito que antaño nos parecía imposible, nos permite creer que el esfuerzo sí rinde frutos, aunque poco hablamos de lo complejo que es para muchos llegar ahí, pues el privilegio es una realidad en todos los sectores.

Tristemente el privilegio no se limita únicamente a las narrativas, estas son un reflejo del comportamiento social de nuestro entorno, donde actualmente se cierran las puertas a personas por su apariencia física, su género o la orientación sexual. La lucha va más allá de las pantallas, se requiere también en espacios públicos y en la legislación para que en un futuro no muy lejano podamos ser verdaderamente plurales, vivir con verdadera justicia y equidad sin distinción alguna.

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