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El feminismo como movimiento social pasa por un momento singular. Por una parte se ha robustecido la participación de las jóvenes, se mantiene firme la militancia de hace años, investigadoras y académicas se han insertado en órganos de decisión y eso ha fortalecido al movimiento. En contraparte, con anterioridad al 9M, varios años antes, a medida que el feminismo ganaba terreno en medios, pero sobre todo en redes, también se engrosaba la capa de población que lo rechaza. Este repudio se ha acentuado con la violencia presente en las recientes protestas de mujeres.

Escuché hace por lo menos diez años, por primera vez, el término “feminazi” de boca un investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) que gozaba de buena reputación académica en el área educativa, pero al referirse a las “feminazis” creía que era muy ingenioso y aceptado su juego de palabras, así que lo decía con singular alegría y otros compañeros investigadores lo festejaban ruidosamente.

En las cuentas de Facebook y las de Twitter, los adolescentes son especialmente machistas, pero no tienen la exclusividad. Nunca faltan tampoco las discusiones en el ámbito laboral sobre el tema. Hace un par de años, en mi lugar de trabajo se filtraron conversaciones entre una redactora y un conductor en las que ambos, pero sobre todo él, se referían de manera discriminatoria a otra compañera, con comentarios y ofensas clasistas, raciales y relacionadas con su vida sexual. El asuntó trascendió y el “castigo” que recibieron los ofensores fue ofrecer una disculpa a la compañera frente al personal. Para mi sorpresa, no faltó quien se pusiera del lado del conductor e incluso quien afirmó que había sido excesiva la reprimenda. Ni siquiera fue pública la disculpa, a pesar de que el tema saltó a los medios.

Hombres jóvenes que rechazan el feminismo me han preguntado innumerables veces si no hay mujeres “brujas”, mala onda, abusivas, escaladoras, las que usan sus atributos físicos para buscar un beneficio económico o de otro tipo, las que le meten el pie a otra mujer o le hacen la vida imposible en el trabajo y las que usan a los hijos para hacerle la vida imposible a los exmaridos. Y siempre tienen un ejemplo que contar.

Yo siempre contesto que sí, sí las hay. La razón es simple: somos seres humanos con una historia patriarcal que también ha formado mujeres machistas. La condición de mujer no lleva implícita la bondad, pero históricamente son mayoría los casos de abuso por parte de los hombres y el costo más alto de la desigualdad lo han pagado las mujeres. Con quienes ya no es posible discutir es con los que dicen “a ver por qué hay un día de la mujer y no uno del hombre”. Por más razones, cifras y argumentos que se ofrezcan es difícil enfrentar ese fundamentalismo.

Es muy ilustrativo cómo lo explica Yadira Hidalgo González, directora del Instituto Municipal de las Mujeres de Xalapa: “Las mujeres nos peleamos entre mujeres porque así somos las personas. Dejen de exigir Sororidad como si esta se activara en la sangre y la trajéramos en el ADN, y brotara en cuanto nos ponemos el pañuelo verde o morado. La Sororidad se pacta. Es un pacto político con acuerdos concretos para llegar a un fin que se mantiene hasta que se acuerda. Dejen de confundirla con amistad, incondicionalidad y otras prácticas más individuales. La Sororidad es colectiva y no es tácita. Se pacta”.

La sororidad inherente al feminismo pasa por un proceso de reflexión y toma de posición política. No podemos negar que también existe demagogia feminista, aquella en la que las mujeres (y hombres) comparten memes, notas, información o citas feministas, pero su comportamiento está muy lejos de ser feminista o sororal. No hay reflexión, no hay pacto.

Llamó mi atención el meme “feminista” de un muro donde aparece la imagen de un vestido muy femenino con la siguiente leyenda “La sororidad termina cuando no te importa que esté casado o tenga novia”, con la firma @seamossororas, con muchos “me gusta”. Es el tipo de pensamiento que nos aleja de la reflexión. Si un hombre casado es infiel, tiene un comportamiento machista tanto con la esposa como con la amante. Y si la amante sabe que es casado nunca fue sorora, no ha transitado por ese proceso. No se trata de señalar sino de intentar atraer a otras mujeres a un feminismo que no termina en un teclazo, sino en acciones que se sustentan en posturas sólidas. Tampoco basta con participar en una marcha, es importante sí, pero no concluye allí. Se trata de una construcción diaria que guía la vida cotidiana y por extensión la vida afectiva, laboral, profesional y política, que por definición es colectiva.

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