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(con música de la Boa)

 

A raíz de que se descubrió, ahora sí, un verdadero compló (AMLO dixit) contra la 4T, los involucrados han tenido varias reacciones: desde el “yo no fui” o “no sabía nada” hasta “es un invento del gobierno para preparar una acusación de fraude en las próximas elecciones”.

Las respuestas son, todas, igualmente inaceptables. El afán de esconder la participación en una campaña que tiene como objetivo desestabilizar y derrocar al gobierno parece tener el objetivo de actuar con más virulencia sin que sea visible la mano que hay detrás.

El video en el que participan varios personajes del empresariado y de la intelectualidad no deja lugar a dudas sobre el  hecho de que hay acciones orquestadas en contra del gobierno. Podrán rechazar la participación en la hechura de un documento, pero la reunión virtual es muy difícil de truquear.

Los empresarios, intelectuales y políticos que pretenden derrocar al gobierno no están actuando en contra de Andrés Manuel López Obrador. Como bien lo ha señalado Jorge Zepeda Patterson, la 4T no es una sola persona, es la masa que votó por este gobierno y la que mantiene tan alto su nivel de popularidad, a pesar de los resbalones verbales que ha tenido, pronunciadamente en la estrategia de cuidado frente a la pandemia –a contrapelo de las indicaciones de los funcionarios de la Secretaría de Salud- y en relación con las políticas de género.

El daño no sería sólo en contra de un grupo de población, la que apoya a AMLO, el mayor perjuicio sería para el país, en el que a ancas y trancas se ha construido muy paulatinamente y con gran trabajo una democracia que tiene sus asegunes, pero democracia al fin. La ciudadanización del árbitro electoral, la construcción de un área judicial para dirimir las inconformidades comiciales, las reglas para el uso de los medios y, en síntesis, el arduo tránsito de una transformación jurídica a una política para modificar un sistema a fin de ofrecer certeza sobre la competencia electoral, la imparcialidad y la legalidad se borrarían de un plumazo. Un retroceso de más de cien años.

Tal retroceso implicaría, ahora sí, una dosis de autoritarismo para poderse imponer. Y en este punto es muy importante considerar que derrocar al gobierno no se consigue con un rally, con tuits, con memes en las redes sociales o con artículos de opinión en contra del gobierno. Sería necesario que las fuerzas armadas decidieran traicionar a su país. El caos político no lo quiero imaginar, como tampoco quisiera pensar en el estremecimiento social. Porque para hacer a un lado a un gobierno elegido democráticamente se requiere la fuerza.

Durante el gobierno de Peña Nieto, muchas voces le pedían renunciar, por la pena ajena que producían sus gazapos. ¿Cuál es la diferencia? Una sencilla, Peña Nieto no representaba un peligro para los intereses de la clase económica y política más poderosa del país. Los que más tienen no sentían amenazados los bienes que crecían al amparo de la corrupción, como la falta de pago de impuestos.

Ahora, a un grupito no le importaría arrastrar al país al caos, con tal de recuperar sus prebendas. No es que se estén empobreciendo, están dejando de ganar ilegítimamente. Por eso critican los recursos que llegan a los que menos tienen, le llaman populismo y clientelismo. Y critican también la vigilancia que existe para evitar las cadenas de corrupción, que beneficiaban a los administradores de los programas sociales.

España está otorgando (no sin disputas internas) una renta mínima a quienes se quedaron sin trabajo por la pandemia; Francia asume los créditos y suspende el pago de alquileres, impuestos y recibos de luz, agua y gas para apoyar a sus ciudadanos, también está inyectando liquidez a las empresas, pero la diferencia de la historia empresarial entre México y Francia es mucha. Son gobiernos haciendo frente a los efectos de la pandemia. No es posible renunciar a respaldar a los ciudadanos más desprotegidos. Esa misma acción se deplora en nuestro país.

Este malestar del sector de la sociedad que trabaja en contra del gobierno, y por lo tanto en contra del país, se debe a que dejaron de ser interlocutores privilegiados.

Hoy recuerdo una anécdota que ilustra por qué los integrantes del BOA extrañan al PRI. Cuando gobernaba el PAN, quien esto escribe, como titular del Departamento de Relaciones Públicas del Registro Nacional de Población, tuve a cargo la campaña de difusión de la CURP. Para las inserciones de prensa, y dado que era una campaña nacional, utilicé como criterio el tiraje de las publicaciones. Con este criterio y sin ningún otro objetivo o razón escondida, quedó fuera la revista Nexos, propiedad de la familia Aguilar Camín, al igual que muchas otras. En ese tiempo la dirigía Luis Miguel Aguilar, hermano de Héctor, pero los intereses familiares se cuidan siempre. Héctor Aguilar Camín no tuvo más que quejarse con Santiago Creel de que la revista no estaba recibiendo publicidad de la CURP para que llegase a mi escritorio la orden de agregar a Nexos. El PAN no había hecho más que heredar los procedimientos de PRI, y si un intelectual como Héctor Aguilar Camín se sentía ofendido, había que atenderlo.

En el número de junio de este año, se puede ver que Nexos, dirigida ahora por Héctor Aguilar Camín, sólo tiene doce páginas de publicidad, muy poco para lo que era habitual en esta publicación. Es la publicidad que obtiene de sus amigos y aliados: Gobierno de Guanajuato (PAN), Festival de Cine de Morelia (del gobierno perredista de Michoacán), Ayuntamiento de Mérida (PAN) y de los Servicios de Salud de Quintana Roo (PAN/PRD, además tierra natal de HAC). Sólo cuatro páginas de publicidad gubernamental, además de UNAM y TV UNAM. El resto es de entidades privadas, algunas de cuyos prpietarios han sido mencionados en el BOA: Una página del Ballet Shen Yun, ADO, Fundación BBVA, Santander y dos páginas con fines de recaudación patrocinadas por Coppel, Femsa, Santander, Soriana y Fundación Televisa.

No hay publicidad de la 4T. Esto es lo que extrañan los opositores de AMLO, la forma en que el poder económico o de otro tipo negociaba con los gobiernos priistas y panistas. Y sólo es un ejemplo simple pero muy significativo. Ahora imaginemos la irritación de los empresarios que no consiguieron ser “salvados” de la crisis, o a los que no se les perdonaron los impuestos.

Pueden estar muy dolidos, pero su enojo no vale la estabilidad del país. Tampoco la crispación social que están generando y que se puede ver en las redes sociales. Son tan aguerridos los amlovers como los conservadores, pero al final, son ciudadanos peleando una guerra que no es suya y los seguidores del BOA ni siquiera se han dado cuenta.

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