Son, cultura y gestión

Durante siete días la ciudad de Córdoba fue un cálido y majestuoso escenario de son jarocho, huasteco, baile y alegría. También hubo talleres, conferencias, presentaciones de libros y de discos. Lógicamente muchas ganas de compartir la música, las opiniones, la versada y la tradición.

Del 2 al 8 de septiembre tuvo lugar la edición 13 del Encuentro de Son Jarocho, Son Huasteco, Fandango, Huapango y Trovada. Un nombre muy largo para ser recordado, así que todo mundo sintetiza con Encuentro de Córdoba y también todo mundo sabe de cuál se trata.

La ciudad, especialmente el centro, se llena de jaranas, requintos, sombreros, blusas de estilo tradicional indígena y faldas largas que se combinan con calzado que recuerda al del flamenco, con la misma función de convertirse en un instrumento musical porque sirve para percutir y que al contacto con la tarima donde se baila produce ese sonido característico que sólo puede evocar quien haya estado en un fandango.

También, hay que decirlo, este Encuentro que ya se volvió tradición en Córdoba no sólo le da colorido a la ciudad, le da vida, le inyecta recursos, porque ya mucha gente se desplaza a disfrutar de estos días de son. Además de los participantes, está el público local, el regional, el nacional y el internacional. Los restaurantes lucen, si no llenos, más concurridos que de costumbre, una parte del comercio local recobra vida y se nota el ambiente festivo. Las autoridades quedan bien, porque sus logotipos están en toda la publicidad del festival, eso transmite una variedad de mensajes a los espectadores: que el gobierno organizó, que las dependencias allí presentes se preocupan por la cultura y la tradición y quizá que realizaron un gran esfuerzo para darle a la ciudad y al estado de Veracruz un festival cultural variopinto en el abanico amplio y abarcador del son mexicano.

Quienes conocemos de cerca la historia de estos trece encuentros sabemos que es muy diferente la historia. El Encuentro de Córdoba existe por la tenacidad de una mujer que cree fervientemente en la gestión cultural y que vive enamorada de su tradición musical. Gloria Trujano Cuéllar y el grupo que formó con su marido Jorge Cruz, Los soneros de Huilango, son los que han creado y hecho crecer este festival.

A golpe de entrega de oficios, llamadas, solicitudes de audiencia, peticiones de ayuda a colegas pusieron primero las sondas que mantuvieron vivo al Encuentro. Sus cuidados y atenciones lo han robustecido, pero es como un ser vivo que no deja de crecer y comer.

La cultura, lo sostengo, no tiene que ser la hermana de la caridad en la que todos se refugian como tampoco es la actividad productiva que genera plusvalía. Son escasos los productos que llegan a ser autosustentables, por eso, la mejor vía para mantenerla a flote, hasta ahora, ha sido la gestión cultural, en la que se asume que la cultura es un elemento de interés nacional que requiere y merece apoyo.

Han sido trece años de trabajo constante. Desde constituir una sociedad civil para dar soporte a los trámites relacionados con la organización hasta verificar que haya agua para músicos y conferencistas en la última hora. No se puede escamotear o hacer menos el apoyo que dieron en esta ocasión, en forma un poco más expedita, el ayuntamiento de Córdoba, la Secretaría de Cultura y el Instituto Veracruzano de la Cultura, pero tampoco se puede negar que los organizadores siempre andan con el Jesús en la boca para que los recursos lleguen a tiempo. Hacen malabares con los cuartos de hotel, las comidas, traslados y otros. También hay que decir que el son jarocho, el huasteco y la versada son como un tsunami que arrastra, en el mejor sentido, a algunos particulares como el diario El Mundo.

Quizá la importancia que ya adquirió el Encuentro le pueda asegurar más tiempo de vida, es decir, apoyos por más tiempo, pero no se puede garantizar que sean más. El multifacético abogado y decimista Samuel Aguilera señaló una necesidad impostergable: desde la sociedad civil se debe dar una batalla no sólo política y cultural, sino también jurídica para que se reconozca la importancia de estas tradiciones, a fin de introducirlas en la legislación para convertirlas en política pública y asegurarle los recursos que requiere.

No se pide a las autoridades que den recursos sin ton ni son, mientras llega el momento que señala Aguilera, es preciso reconocer los esfuerzos de la sociedad civil, no para aligerarles la carga, sino para apreciar y acompañar como se debe este tipo de esfuerzos. No es sólo el Encuentro de Córdoba, está el Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan o muchos otros que se realizan a lo ancho y largo del Sotavento y en otros lugares del país. Ellos mantienen ese elemento regional que nos consigue un sitio particular y representativo en el mundo globalizado.

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