Sin líderes a la vista

La visión del gobierno mexicano tiene dos vertientes diametralmente diferentes. La interna, donde proliferan las críticas, se multiplican las descalificaciones, se minimizan los logros, se ataca la mayoría de las veces, injustificadamente, se inventan errores y deshonestidades, etc.

La externa donde se sorprenden la mayoría de los países del planeta de la manera en que se han conservado las simpatías del presidente de la República, a pesar del desgaste propio del poder y del adicional que proviene de las clases y los grupos a los que se les arrebatan los privilegios.

No ha habido descalabros graves en el sexenio, que está muy lejos de ser perfecto, pero nadie nunca antes exigió perfección a los antecesores de López Obrador. Al contrario, hasta los atentados contra nuestra economía contaban con la aprobación de los medios. Ahí está el ejemplo de la ponderación de las reformas estructurales que muchos columnistas parecían acusar de traición a quienes no estuvieran de acuerdo con su implantación forzada.

Quienes ahora se quejan del actual gobierno estaban acostumbrados a aplaudir hasta los chistes malos de los gobernantes anteriores.

Actualmente los medios podrán influir en la tarea de destruir figuras, pero no de construirlas, menos aún de crearlas. Los medios se convirtieron en una especie de medios de información de espectáculos donde el escándalo puede mover de posición a los políticos, pero carece de fuerza suficiente como para colocar a un líder contra lo que ellos consideran el ladrón de sus beneficios.

Nadie va a negar la importancia de los medios, menos aún de las redes, lo cierto es que ni siquiera juntos pueden, en este momento, crear una figura que pueda encabezar una oposición congruente en medio del caos que ellos mismos aseguran que existe.

Ante el mundo, López Obrador y su partido Morena, son un fenómeno social. Adentro, ni siquiera los fanáticos de las gráficas y las comparaciones dicen esta boca es mía. Uno de los antecedentes más recientes es el de Vicente Fox, que ganó con amplio margen a su contrincante, y perdió en dos meses las simpatías que tenía el día de la jornada electoral que lo llevó a la Presidencia de la República. Como éste hay muchos ejemplos.

Las simpatías sociales de la población respecto al presidente de la República no han bajado del 60 por ciento en las encuestas menos favorecedoras. Consulta Mitofsky se ha dado a la tarea de medir semanalmente la popularidad de López Obrador, con metodología rígida y una imparcialidad garantizada, de tal suerte que no se muestra descalabro alguno a pesar de las circunstancias actuales, sobre todo teniendo en contra a los medios de comunicación que han dejado de influir en la sociedad mexicana como anteriormente lo hacían.

Al ganar la Presidencia de la República Andrés Manuel López Obrador, la oposición se encuentra sin líderes. Al no haber líderes reales, no hay batalla electoral competitiva, más aún si vemos que ningún partido político en la oposición puede vencer el letargo de la derrota y sostener ideas o propuestas que volteen a ver los mexicanos.

La costumbre de ver a una figura encabezar la oposición ha creado una fuerza en la individualidad de quien cuestiona el poder con propuestas.

La postura del PAN se convierte en todo lo que no debe hacer un partido político que intente resarcir sus heridas y remontar sus derrotas. Desde la tarde del 1 de julio ese partido no ha dejado de comportarse como un perdedor. Resentido, vengativo, decepcionado, ha llegado a tergiversar la realidad para tratar de sembrar el pánico entre la población. Algo imperdonable.

Su dirigente, Marko Cortés, pidió al gobierno federal reconsiderar la decisión de desaparecer al Seguro Popular, pues advirtió que la determinación podría desatar una crisis en el sector salud del país. Este tipo de alarmas falsas debe ser castigado. Afortunadamente la gente ha dejado de creer en el PAN.

Ahora ese partido debe aliarse con partidos sólidos para preservar el registro en varias partes del país. Hay partidos que se toman muy en serio la restauración de sus estructuras y la refundación de sus principios y que seguramente darán la sorpresa en las próximas elecciones.

Así, la oposición se ha vuelto en gran parte una fuerza sin forma ni líderes que puedan competir en las elecciones. A pesar de que el Presidente todos los días muestra su trabajo diario ante la población, de que trabaja desde temprano, las fuerzas de esa oposición siguen tratando de deteriorar su imagen.

El sistema de partidos pareciera estar inmóvil, sin pies ni cabeza, con divisiones internas muy graves que atentan contra su sobrevivencia.

Desde luego que hay errores, hace falta una teoría política sólida, para ello estaban los asesores que ahora están prohibidos; sin embargo, las posibilidades de que protagonicen una competencia electoral seria son prácticamente nulas.

El pragmatismo político pareciera caracterizar a las últimas administraciones, sin importar el sello de su partido ni la corriente ideológica que lo identifique, esto pareciera imprimir un sello de improvisación en algunas decisiones, que recientemente han sido criticadas, a veces con razón.

Lo cierto es que la gente ve que, por fin, un presidente de la República trabaja. Hay errores, sin duda, pero el único que no se equivoca es aquel que no hace nada. PEGA Y CORRE. -Muchos mexicanos quieren saber cuál es la diferencia entre un delincuente común y uno de cuello blanco. Porque finalmente ambos son delincuentes; sin embargo, lo inexplicable surge cuando de dictar sentencia se trata. A Santiago Mazari, alias El Carrete, líder de una organización vinculada con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, lo detuvieron el 1 de agosto y lo sentenciaron el 11 del mismo mes y del mismo año. A Javier Duarte de Ochoa, lo capturaron el 15 de abril de 2017, hace más de dos años y todavía no hay sentencia. ¿Por qué?… Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.

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