DE FACHADAS FLORIDAS

Mi primer contacto con las hormigas fue desde muy pequeña, pues en casa teníamos un gran patio de tierra con muchos árboles, plantas y flores, donde las veía en su interminable andar. Pero, la conciencia de lo que son las hormigas, la tuve antes de los cinco años cuando llegó a casa Rubén, un chiquillo de unos 14 años que vivió con la familia un breve tiempo, hasta que papá le encontró un lugar para vivir. Mientras tanto, el chiquillo solía contarnos a mis dos hermanas y a mí, historias que inventaba y que hacía de nuestras jarochas tardes, hermosas tertulias. Las de hormigas eran fascinantes.

Desde entonces supe que vivían bajo la tierra y que a la superficie sólo subían por alimento; las observábamos cargar sobre sus diminutos cuerpos trocitos de hojas y de algunas frutas, varitas pequeñísimas. Supe que eran muy organizadas y trabajadoras, que tienen una reina, que todas son hermanas, que solo salen de su hormiguero por comida, que siempre andan juntas y en fila y que trabajan casi todo el año, porque en invierno se guardan en sus casitas que ellas mismas construyen.

Desde entonces, les tengo un gran respeto, admiración y simpatía. Mi historia es vivencial y en torno a ellas se tejen cuentos, canciones, leyendas, como la de Quetzalcóatl, que se convirtió en hormiga para ir, junto con otras, al campo a buscar el maíz, base de la alimentación mexicana. Cri Cri las homenajeó con la canción de la  “Hormiga con su paraguas” y se suman otras muchas expresiones de simpatía como tributo a su labor en la restauración de la tierra y al abono que producen que la hace más fértil.

Pues estas pequeñas e incansables trabajadoras me han seguido hasta Xalapa, a mi casa, donde suelen vivir. Por cierto, aquí no he visto a las negritas que me caían muy bien, sino a las rojas en varios tamaños y cada vez más, a especies diminutas. Las he observado y han llamado mi atención para indagar un poco acerca de estos extraordinarios seres diminutos que son capaces de formar cadenas de hormigas, a manera de puentes, para llegar de un lado a otro. Ellas han puesto a pensar a biólogos, investigadores, académicos y hasta a literatos acerca de su sistema de comunicación, producción, organización social (femenina por todo lo alto), entre otros.

Yo no las combato, aunque mi hija arquitecta me dice que un día se va a sumir mi cocina que es a donde ellas prefieren salir por sus vituallas, pero he notado que ya no salen en hilera, que ya no van en formación el camino que solían recorrer. Ahora me encuentro con pequeños grupos donde cada una camina por su cuenta, diligentes, presurosas, pero solas y como desorientadas. Corren, se encuentran y siguen su camino. Esto me hace pensar que podría ser un efecto del cambio climático.

Con todo, estos extraordinarios seres aún me reservaban otra enseñanza: Hace unos días, ya para salir de mi cocina, sobre la cubierta de la barra, alcancé a ver a una hormiguita caminar hacia mí. Me llamó la atención que cargaba algo en su boquita y me incliné a ver. Lo que observé me dejó perpleja: En su boquita traía cargando a otra hormiguita, inerme, del mismo tamaño. ¡No podía creerlo! ¿Estaría salvándola de algún peligro? ¿Había muerto?…No lo sé, pero me conmovió profundamente. Volteé para tomar mi celular y tomarle una fotografía, pero ella fue más rápida que yo. La busqué, pero no la alcancé…Esto me ha hecho pensar mucho acerca de la solidaridad entre congéneres.

La humanidad es grandiosa, sí, pero creo que aún tenemos que voltear a ver a otras especies, de las que mucho podemos aprender. De sus extraordinarias habilidades y de sus admirables proezas…

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