Ser padre es toda una aventura que inicia desde el momento de la primera noticia y se prolonga por el resto de nuestras vidas. Nadie estamos preparados para esa misión tan importante como difícil, todos, con el antecedente de nuestra infancia, vamos experimentando haciendo pruebas de acierto y error, logrando tanto éxitos como fracasos y lo peor es que cada nuevo hijo es un nuevo reto, pues cada hijo es un individuo único y no encajará al cien por ciento en la forma de educación, trato, disciplina y afecto que otro hermano, aunque las normas y reglas de casa, el amor y guía sean los mismos. Así que el que hagamos de nuestros hijos unos triunfadores, hombres y mujeres de bien y responsables, si bien tiene mucho que ver con nuestro actuar, también tiene mucho de azar, por lo que no se puede decir que haya padres perfectos, pero al menos los que amamos a nuestros hijos, intentamos serlo con todo y nuestros errores.

El próximo domingo se celebra el Día del Padre y aunque no se festeja con tanta pompa, publicidad y regocijo como a la madre, es un día especial y momento deseable de que los hijos se acerquen y si es posible convivan con su progenitor y los que ya no lo tienen, recuerden los buenos momentos y enseñanzas de quien les dio la vida.

El origen de la celebración data de 1909, gracias a Sonora Smart Dodd, mujer de Washington que propuso la celebración, en principio, para homenajear a su padre, Henry Jackson Smart, veterano de guerra, quien viudo se encargó de educar y criar a seis hijos, sacándolos adelante. Así se celebra por primera vez el 19 de junio de 1910 en Washington, sumándose varias ciudades de Estados Unidos, haciéndola oficial el presidente Calvin Coolidge en 1924. El presidente Lyndon B. Johnson en 1966 proclamo el tercer domingo de junio como día del padre, fecha que adoptaron la mayoría de los países latinoamericanos.

Nuestros hijos son un pedazo de arcilla que la vida nos confía a manera de préstamo, para irla moldeando, dándole forma con nuestro ejemplo, consejos, apoyos, reglas y sobre todo amor. Hemos de apurarnos para darles forma y hacer la mejor creación que podamos, pues más pronto de lo que pensamos, empezarán a partir hasta irse a buscar su propio destino con las herramientas que les hayamos podido dar. Nuestros hijos en realidad no son del todo nuestros, es un préstamo que nos da la vida para completarnos como hombres y padres, darnos alegría y responsabilidades nuevas que tenemos que cumplir. Si completamos bien nuestra misión, estaremos dándole al mundo hombres y mujeres útiles, productivos, responsables y amorosos, en una palabra, personas de bien y será nuestra satisfacción el haber cumplido cabalmente con esa tarea maravillosa que nos dio la vida.

Si lo hicimos bien, seguramente nuestros hijos recordarán, aun cuando ya hayamos partido de este mundo, los cuentos e historias que alguna vez les contamos, aquel paseo por la playa o a la montaña, la fantasía de navidad, aquella tarea en la que les ayudamos, el aplauso que les dimos en el festival y un sinnúmero de cosas más que se guardan en el cofre de los recuerdos.

Yo, no sé si lo hice bien o no tan bien, pero si estoy seguro que no lo hice mal pues tengo unos hijos maravillosos de los que me siento orgulloso.

En cuanto a mi padre, siempre he tenido la convicción que fue un hombre estupendo, maravilloso, que me enseñó a ser feliz y guio siempre mis pasos. Él ya partió hace años, aunque no para mí, pues a diario lo recuerdo con sus palabras, sus consejos, su alegría y ocurrencias, por lo que no digo allá donde estés, sólo le doy las gracias y lo felicito aquí en mi mente y mi corazón que es donde está.

Felicidades amables lectores que tienen la dicha de ser padres, que pasen su día envueltos en el amor que sólo pueden dar los hijos.

 

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